09/05/07

Boca de lobo

(Alfaguara, Buenos Aires, 2000, pp. 193-198.)

Ahora estoy junto al estuario de mi pieza y recuer­do, es una asociación simple, el estuario invertido de Delia. Uno lo veía abrirse en abanico desde el ano, es­calando y rebasando el ancho de la ingle. Parecía un territorio de vértigo. Este territorio avanzaba hacia arriba conquistando la piel y doblegando la superficie, hasta alcanzar un fin inesperado, no sé, prodigioso, cuando presa de una súbita debilidad se convertía en un simple y raleado surco de vello que, ya casi sin fuerzas, se introducía en el ombligo. Ahora está el ropero, la cama, la silla y la ventana por donde entra una luz maciza, firme como un bloque. Al llegar la noche, o mejor después, en la madrugada, luego de haber lado más pasos sobre este río de madera, seguramente se encenderá la luz de la ventana donde días atrás a duras penas se sostenía la vida de alguien. Muchas veces me ha parecido que buena parte de la vida de cada uno está ocupada por pensamientos sin futuro. Observar la débil llama, contar los días que faltan de la semana, precaverse ante el frío de los metales. Esto sería sólo el comienzo; quiero decir, uno puede partir de la base de que todo pensamiento carece de futuro por que está hecho para sostener un tiempo muerto, alguno de manera más evidente que otro, pero al final todos se confunden en la misma inutilidad. Puedo sentarme en el extremo de la cama a esperar la noche, y mientras tanto mirar las paredes para descifrar algo de las voces que se escuchan más allá. En días así me sor­prende la derivación del pensamiento, que de un lado a otro y sin advertirlo me lleva hasta la pregunta por el destino de Delia. Pocas veces la palabra destino me ha parecido más adecuada. Podría haber puesto "el futuro" de Delia; pero ese futuro en sentido estricto sería ahora el pasado. Por el contrario el destino, haya transcurrido o no, se impone siempre como incógni­ta. Debo decir que cuando la dejé ella reaccionó con una sabiduría que, si bien no me provocaba sentimiento alguno, con el tiempo terminó avergonzándomeme. Cada vez más y más; incluso después de un largo período, una cantidad de años, cuando puede decirse que el tiempo ya hubiera debido sumarse al trabajo del olvido, primero el recuerdo de Delia me enterne­cía y después me abochornaba. Sin embargo no me arrepentía ni tampoco compadecía a Delia. La ternu­ra, como se sabe, dura poco. Cualquiera sea la cir­cunstancia es difícil que algo como la ternura perdu­re, incluso ante la reiteración de la circunstancia más tierna. Pero la vergüenza no. Una vergüenza bien me­recida puede acompañarnos la vida entera, y no resul­ta raro encontrar vergüenzas heredadas sin mella de generación en generación. Como dice la letra, "La muchacha guardó, en el brillo final de su cabello os­curo, la trémula mirada que avergonzó al galán". De­lia comenzó a esperarme en los lugares más inverosí­miles, pero no tanto como para que me sorprendiera. Alma sencilla, dije hace tiempo de ella; pero también dije sabia. Con su silencio y paciencia quería decirme que no necesitaba hablar, que el sitio elegido y su mi­rada disponible eran señales suficientes. Pese a la repe­tición de las situaciones, a la cantidad de encuentros así, mudos y cancelados con mi huida, ella nunca de­jó de tener la mirada franca, atenta a mi reacción co­mo quien está pendiente del primer signo de vida. Yo la esquivaba con la vista, primero, y con el cuerpo cuando desviaba mis pasos. Ella no hablaba, lo único que hacía era seguirme con los ojos. Tenía la enajena­ción de las víctimas y, para quien no la conociera, po­día parecer alguien extraviado.

El aumento de la barriga no interfirió. Yo la veía más gorda, como sucede a veces con las mujeres grá­vidas más hermosa, embellecida, sosteniendo el em­barazo con sus piernas derechas como dos palos bien firmes, siempre a la espera y con gesto anhelante. En su mirada había incomprensión, era fácil descubrir eso; pero también había una falta de reclamo, sólo la mirada que busca cerciorarse de que todo es un mal sueño, una tormenta que demora en pasar. En esto consistía su sabiduría, y fue lo que terminó avergon­zándome. Porque seguía sin reclamar, era como si pusiera la otra mejilla mientras la barriga en aumen­to era una prueba creciente de su dignidad. Aparecía al costado. de los Cardos, frente a la parada del colec­tivo en la esquina de los Huérfanos, a metros del arroyo donde una vez habíamos visto a los hijos de F, en la esquina (si es que podía llamársela así) de la ca­sa de su amiga, etcétera. Como si Delia, en su nece­sidad de recuperar mi atención, se hubiera dado cuenta de que debía actualizar la geografía: ésos ya no eran los sitios donde habíamos estado, sino donde ella había terminado aguardándome todos los días. Debo decir también que esta entereza y esta decisión me exasperaban; yo respondía con una brusquedad elemental, quería que la tierra me tragara, y huía del lugar sin saber qué dirección tomaba, lo importante era salir, alejarme.

Puede sonar un tanto impropio, pero creo acercar­me a la verdad si digo que Delia actuaba de este mo­do porque así se lo imponía su naturaleza proletaria. Como tengo dicho, pocas tareas humanas han hecho de su relación con la resignación, o espera, el atribu­to, incluso el valor, fundamental; es lo que en los obreros se pone de manifiesto a primera vista y es en ellos lo más perdurable. Muchas veces se habla de la paciencia campesina, del interminable tiempo de es­pera de que es capaz la tierra, de las estaciones hilva­nadas como una misma era del tiempo donde no somos más que una parte minúscula de la arena univer­sal, etcétera, pero pocas veces se menciona la infinita paciencia de los obreros y la inconmovible duración de las máquinas. Esto se deriva del ciclo de funciona­miento, siempre a la vista y repetido, y de la transmi­sión de energía, que al traducirse constantemente en fuerza impone la idea de un proceso indetenible e in­terminable y por sobre todo insondable. Las distintas leyendas fabriles, cuando ponen en escena la fragili­dad de las máquinas, como aquella en la que fueron destruidas con apenas el descuido de los operarios, justamente buscan destacar su mayor fortaleza, ante la cual todo lo demás retrocede, que es su continui­dad. La tierra nos dice todo el tiempo que en cual­quier momento puede desaparecer, que el suelo no es más firme que nuestras percepciones; por el contrario, la industria nos promete un funcionamiento permanente que se impone sobre lo accesorio. Pues bien, ya sea una fuerza que la psicología de los obre­ros transmite a las máquinas, o sea una fuerza que ac­túa al revés, desde la máquina hacia la mente del obrero, lo cierto es que la fortaleza de Delia para es­perar y esperar, más allá del sitio y sin importar el cli­ma, si bien podía deberse a su corazón sorprendido, para decirlo de algún modo, se nutría de esa fuerza inconmovible que provenía de su condición proleta­ria. Como tenía la virtud de aparecer en el medio de mi camino, y como obviamente yo debía verla antes de apartar la mirada, pude ver también cómo su ba­rriga crecía uniforme. Era tan joven que el embarazo paradójicamente subrayaba su inocencia, la hacía pa­recerse a una niña que hubiese descubierto un meca­nismo secreto del juego, o a una presa que no había conseguido la piedad del cazador. Así, la barriga se hacía cada vez más pesada. En los últimos tiempos veía a Delia esperarme apoyada contra lo que tuviera más a la mano, poste, árbol, cerca o tapia; hasta que un día, en un reflujo de la vergüenza, advertí que ya no aparecía en mi camino. Ella y el hijo habían en­trado en la boca de lobo.