Cinco
(Simurg, Buenos Aires, 1998 [1996], pp. 56-59.)
En una oportunidad se detuvo en La Guaira un transatlántico con destino a Europa; venía de Buenos Aires, había hecho escala en Santos y Paramaribo. Se sabe que las travesías relajan las ataduras, lo que sumado a los efectos benéficos del clima producía en los pasajeros argentinos un cambio de mentalidad, de comportamiento, ahora extrañamente permisivo y hedónico, sorprendente comparado con la habitual contención rioplatense. Son conocidos, de todos modos, los relatos de viajeros argentinos que con sólo atisbar tierras brasileñas ya se sienten en el paraíso de la lujuria, y obran en consecuencia. A una pasajera honorable le sucedió algo semejante, con la diferencia que ni Santos ni el otro puerto produjeron en ella más que una débil ansiedad, atribuible por otra parte al clima, que humedecía sienes, axilas y espaldas. Las escalas anteriores sirvieron como acumulación, el cambio se produjo en La Guaira. Allí hacía una temperatura tan particular. Sólo ver las calles inclinadas del atardecer, pobladas de gente de color y marineros vestidos con ropa abrigada, pese al calor, se le hizo intolerable la idea de tener que esperar hasta el día siguiente para desembarcar. Entonces pasó la noche en un bote salvavidas, con un tripulante uruguayo. A la mañana siguiente estaba aún más enardecida, parecía un marino llegado a puerto después de una travesía de meses. Abandonó a su esposo y se quedó en La Guaira, viviendo en un burdel.
Acostumbrada a no trabajar, era incapaz de pensar en su vida como un trabajo; por ello se sometió con pasividad a la prepotencia de un rufián, quien, para lucirse, la quería junto a sí en los bailes. En un ambiente como el de La Guaira, el burdel que tuviera una argentina se distinguía. Blanca, educada, observadora, era como tener una europea, pero mejor, porque era como una europea rica. Su mezcla de refinamiento y obscenidad volvía locos a los marineros, acostumbrados a las cosas directas.
De este modo La Guaira adquirió una nueva fama internacional, paralela a la ya consolidada del niño. En los cafetines portuarios de todo el mundo se hablaba de la argentina aunque una ínfima cantidad de navegantes la conociera.
A todo esto el niño, que ya era anciano, advirtió de inmediato el efecto de la nueva residente sobre la comunidad. No era alguien más, todo el mundo la respetaba. Y él no sólo eso, también la amaba, hubiera sido capaz de cualquier cosa si ella se lo pedía. La idolatraba de un modo fanático, infantil. Pero era un amor que ni llegaba a ser no correspondido. La argentina ignoraba la existencia del niño, para ella era uno más de los ancianos que se quedaban tiesos, mudos, sin pensar en nada en particular, al verla pasar. A veces los marineros, en su media lengua, de regreso al barco le contaban al niño alguna historia triste, propia de la hora y del estado en que se hallaban; también podían ser historias divertidas. Pero en todo caso ignoraba que en muchas ocasiones era la misma que momentos antes había escuchado la argentina. Esto lo habría alegrado. Los marinos se deshacían en elogios hacia ella, agotaban su retórica tratando de describirla, ante lo cual el niño sentía un orgullo sincero, como si elogiaran un mérito propio de su ciudad. Una alegría semejante a la vivida de cuando en cuando, los días de fiestas de tambores, poblados de cruces en los calendarios, en los que la gente danzaba en procesiones por las calles. Allí el niño renovaba su promesa de auxilio a los marineros perdidos.
Hasta que una noche, acompañando a un marinero exhausto que ni recordaba su propio nombre, el niño no regresó. A veces seguía soñando con un estrellato en el béisbol, llegar a ser el bateador máximo. Sabía, por supuesto, que ya era imposible, pero eso hacía el sueño más dulce, porque era imaginarlo como ocurrido, lo que hacía más entrañable la ilusión, despojada así de la tensión hacia el futuro. Otras veces se tentaba de preguntarle a algún marino qué era una pica, pero enseguida advertía que no era necesario, que saberlo no cambiaría en nada las cosas. Algunos dicen que se tiró desde las radas, después de dejar en su barco al marinero lituano, otros que se embarcó. Está también el rumor del duelo, una riña provocada por la belleza de la argentina, donde el rufián desolló a sus anchas. Pero las versiones en general son como las descripciones del agua, en un punto resultan inútiles y en otro impropias.
En una oportunidad se detuvo en La Guaira un transatlántico con destino a Europa; venía de Buenos Aires, había hecho escala en Santos y Paramaribo. Se sabe que las travesías relajan las ataduras, lo que sumado a los efectos benéficos del clima producía en los pasajeros argentinos un cambio de mentalidad, de comportamiento, ahora extrañamente permisivo y hedónico, sorprendente comparado con la habitual contención rioplatense. Son conocidos, de todos modos, los relatos de viajeros argentinos que con sólo atisbar tierras brasileñas ya se sienten en el paraíso de la lujuria, y obran en consecuencia. A una pasajera honorable le sucedió algo semejante, con la diferencia que ni Santos ni el otro puerto produjeron en ella más que una débil ansiedad, atribuible por otra parte al clima, que humedecía sienes, axilas y espaldas. Las escalas anteriores sirvieron como acumulación, el cambio se produjo en La Guaira. Allí hacía una temperatura tan particular. Sólo ver las calles inclinadas del atardecer, pobladas de gente de color y marineros vestidos con ropa abrigada, pese al calor, se le hizo intolerable la idea de tener que esperar hasta el día siguiente para desembarcar. Entonces pasó la noche en un bote salvavidas, con un tripulante uruguayo. A la mañana siguiente estaba aún más enardecida, parecía un marino llegado a puerto después de una travesía de meses. Abandonó a su esposo y se quedó en La Guaira, viviendo en un burdel.
Acostumbrada a no trabajar, era incapaz de pensar en su vida como un trabajo; por ello se sometió con pasividad a la prepotencia de un rufián, quien, para lucirse, la quería junto a sí en los bailes. En un ambiente como el de La Guaira, el burdel que tuviera una argentina se distinguía. Blanca, educada, observadora, era como tener una europea, pero mejor, porque era como una europea rica. Su mezcla de refinamiento y obscenidad volvía locos a los marineros, acostumbrados a las cosas directas.
De este modo La Guaira adquirió una nueva fama internacional, paralela a la ya consolidada del niño. En los cafetines portuarios de todo el mundo se hablaba de la argentina aunque una ínfima cantidad de navegantes la conociera.
A todo esto el niño, que ya era anciano, advirtió de inmediato el efecto de la nueva residente sobre la comunidad. No era alguien más, todo el mundo la respetaba. Y él no sólo eso, también la amaba, hubiera sido capaz de cualquier cosa si ella se lo pedía. La idolatraba de un modo fanático, infantil. Pero era un amor que ni llegaba a ser no correspondido. La argentina ignoraba la existencia del niño, para ella era uno más de los ancianos que se quedaban tiesos, mudos, sin pensar en nada en particular, al verla pasar. A veces los marineros, en su media lengua, de regreso al barco le contaban al niño alguna historia triste, propia de la hora y del estado en que se hallaban; también podían ser historias divertidas. Pero en todo caso ignoraba que en muchas ocasiones era la misma que momentos antes había escuchado la argentina. Esto lo habría alegrado. Los marinos se deshacían en elogios hacia ella, agotaban su retórica tratando de describirla, ante lo cual el niño sentía un orgullo sincero, como si elogiaran un mérito propio de su ciudad. Una alegría semejante a la vivida de cuando en cuando, los días de fiestas de tambores, poblados de cruces en los calendarios, en los que la gente danzaba en procesiones por las calles. Allí el niño renovaba su promesa de auxilio a los marineros perdidos.
Hasta que una noche, acompañando a un marinero exhausto que ni recordaba su propio nombre, el niño no regresó. A veces seguía soñando con un estrellato en el béisbol, llegar a ser el bateador máximo. Sabía, por supuesto, que ya era imposible, pero eso hacía el sueño más dulce, porque era imaginarlo como ocurrido, lo que hacía más entrañable la ilusión, despojada así de la tensión hacia el futuro. Otras veces se tentaba de preguntarle a algún marino qué era una pica, pero enseguida advertía que no era necesario, que saberlo no cambiaría en nada las cosas. Algunos dicen que se tiró desde las radas, después de dejar en su barco al marinero lituano, otros que se embarcó. Está también el rumor del duelo, una riña provocada por la belleza de la argentina, donde el rufián desolló a sus anchas. Pero las versiones en general son como las descripciones del agua, en un punto resultan inútiles y en otro impropias.