09/05/07

El llamado de la especie

(Beatriz Viterbo, Rosario, 1997, pp. 117-121.)

Cerré los ojos y durante unos momentos imaginé el éxodo de San Carlos; el éxodo y su vida futura, hecha también de movimien­to. Antes del alba, el día de la partida cada uno escuchó el llamado especial, dirigido únicamente a su persona. Fue un sentimien­to raro, más fuerte que una intuición y me­nos imperioso que una revelación. Algo ha­bía sucedido, presentía cada cual, un algo imposible de discriminar dentro de la mara­ña de sorpresa y confusión que quedaba como residuo del sueño. Después advirtie­ron que todos habían recibido una pequeña parte de ese algo, cuya totalidad se alcanza­ba con la acción colectiva. Reconocer esto y ponerse en movimiento fue la misma cosa: empezaron los preparativos. Sin embargo, estuvieron de la noche a la mañana tan compenetrados con su nomadismo, el llamado había resultado tan perfecto, que no te­nían urgencia por comenzar a desplazarse.

Ponerse en movimiento. Como consigna, pertenecía al orden conceptual del mundo, por lo tanto precisaba una acción diferida, una lentitud que no desmintiera la condición implicada en la orden, o sea la inmovilidad. Fue así como desde el principio tuvieron la certeza de que para los nómades verificar el movimiento, incluso realizarlo, era algo se­cundario. Y obraron en consecuencia. Y por eso eran reconocibles como tales sólo cuan­do se detenían. Cada elemento se conjugaba en la naturaleza de San Carlos, como los di­versos mecanismos del reloj se unen para hacer uno solo. Por ejemplo la indigencia, a primera vista menos dura que durante la vida sedentaria; o el desorden, para muchos mar­ca de fábrica de los nómades; o el aumento en el número de los animales. Todo esto, que por diversos motivos podía llevar a desacon­sejar el desplazamiento, lo propiciaba cuan­do la comunidad de San Carlos se veía a sí misma en los ojos de los demás, los lugare­ños con que se topaban. Imaginé alcanzar­los, verlos en lo profundo de un valle luego de alcanzar agitada la cima de un cerro. Es­taban allí, inconfundibles, pero fui incapaz de distinguirlos. El mismo paisaje que les servía de escenario inagotable, distrayén­dolos de sus observaciones y deleitándolos con la diversidad de los trabajos exigidos, los ocultaba.

Más que eso: recién hablé del comienzo, del momento cuando decidieron cambiar vida y organización, aunque me resultaba claro, al verlos y no verlos, que eran ajenos a la idea de principio, inicio, nacimiento o como se llame. La dimensión donde ahora residían estaba hecha, por un lado, de una geografía ambulatoria y por el otro de una gran con­ciencia práctica, tanto que borraba las hue­llas de la experiencia. Y aunque pasaran va­rias veces por el mismo sitio su noción lineal del tiempo les impedía no reconocerlo –de hecho lo hacían antes que cualquier otro via­jero– sino celebrarlo como propio. Me pareció increíble verme ganada por dos convic­ciones tan contradictorias, el saber que los tenía delante y el estar impedida de distin­guirlos, pero mi asombro no hacía más que confirmarlas. San Carlos estaba allí, se des­plazaba, aunque invisible.

Llegada

Mucho antes de la partida, una mañana en lugar de ir hacia el pueblo comencé a cami­nar en sentido contrario. Pero San Carlos no era mi destino. Lo recorrí por el costado, por un flanco insólito donde la frontera entre palabras como rural o urbano se ponía de manifiesto, aunque sin consecuencias prác­ticas, sino todo lo contrario, borroneando más bien su diferencia. Las casas daban al campo, no había calle, por lo cual a veces yo caminaba por los frentes y otras veces por los fondos (en cualquier caso siempre por algo equivalente a la idea de patio, pero en un sentido menos casero). Un objeto cual­quiera, como el juguete del niño o la herra­mienta del adulto, podía aguardar a doscien­tos metros de la vivienda sin estar perdido sin embargo. Otro ejemplo: si no se tendía la ropa más lejos era para no caminar dema­siado.

Al fin acabé llegando a otro pueblo, cons­truido sobre unas laderas que arrancaban desde la misma ribera del agua. El vericueto de las calles indicaba el paso antiguo de la gente, que desde un principio había querido tornar más suave el ascenso. Llegué a la cima del pueblo. Desde lo alto veía el declive de los techos rojos, como una escalera natural, sin uso, hasta llegar al mar, en realidad un río, sobre cuya amplitud el pueblo parecía derramarse, ir llegando de a poco y disolver­se. Durante el ascenso no había pensado en ello, en realidad no había pensado en nada; pero ahora, viendo el paisaje de techos mien­tras la luz modelaba el aire con sus variacio­nes me dije: Estas casas están habitadas, en cada una viven las familias, viven personas con un aliento y una virtud particular. No conozco a nadie pero los abarco a todos, si hago un esfuerzo puedo comprender sus pen­samientos, alcanzar el sentido llano y pro­fundo de su conducta, etcétera. Me la pasé pensando así, cosas por el estilo, desde un punto de vista bastante abstractas (pero desde otro, teniendo en cuenta que efectivamen­te ese pueblo existía, lo mismo que el río, los techos y sus habitantes, bastante concretas). Me detuve a pensar entonces, observando, y presentí la vida anónima palpitando indife­rente, incluso indiferente para cada indivi­duo, sostenido sin saberlo por el empuje de lo silvestre. Al advertir esto lloré. Yo no co­nocía a nadie aquí, circunstancia que a su vez estimulaba el llanto, porque quería decir que mi identificación con el lugar y sus po­bladores era mayor, o harto más verdade­ra en tanto espontánea. Sin embargo es un error asociar lo espontáneo con la verdad; una prueba concreta era aquella misma po­blación, tan verdadera como poco espontá­nea, levantada en un lapso de siglos.