09/05/07

Los incompletos

(Alfaguara, Buenos Aires, 2004, pp. 189-194.)

Entonces solo en medio de la sala, Félix tiene una consideración estética (y siente vergüenza de ello y mira hacia los costados para ver si ha sido descubierto): la pose de la víctima le parece exagerada, algo así como impostada; no refleja la crueldad infligida ni el dolor final, tan solo la repetición de un gesto. Tampoco sabe por qué se marca en ese rostro algo parecido a una son­risa. Uno podría recurrir, piensa, al lugar común de decir que la muerte lo encontró en sana paz, sin deudas ni culpa, y que pese a no buscarla lo condujo a algo sa­tisfactorio, un tipo de deber cumplido en forma anonima y, como se dice, a cabalidad. En su habitación del hotel Salgado piensa que si pudiera ver aquella foto por primera vez (extrañamente, se dice "Volver a ver la foto por primera vez"), quizá el recuerdo del muñeco de plástico sería distinto, cambiaría como efecto de esa experiencia. Y así Félix siguió pensando cosas similares durante aquella larga noche de invierno mientras no fue capaz de dormir.

Bueno: como a veces dicen quienes se despiden, creo que ha llegado el momento de recoger mis cosas. Hasta aquí expuse algunos hechos de las inciertas aven­turas de Félix y los comentarios derivados que me vi­nieron a la mente hace algunos años, luego de recibir su sencilla esquela del hotel Salgado. Recuerdo que al abrir el sobre con unas fuertes tijeras sentí en los dedos la resistencia del papel y escuché bien claro el crujido, que me retrotrajo a la infancia escolar, cuando cortaba cartulinas o cartones. En el interior del sobre estaba la pequeña hoja doblada en dos, era también un papel pesado y grueso como un pergamino, bastante seco por el paso del tiempo, y el doblez se había convertido en una hendidura a punto de romperlo. De todos modos la escritura ocupaba la parte superior, y abajo que daba solamente la firma, una aclaración para mí innecesaría y para cualquier otra persona ilegible. Su firma parecía un ideograma privado que nunca me preocupé por entender o descifrar. Sabía que era suyo y eso bastaba. Por lo demás, para quien no conociera a Félix, y más aún, para quien no supiera que ese particular gara­bato le pertenecía y de algún modo lo representaba, la persona que estaba detrás de esas palabras carecía de importancia. (Escribía y presumiblemente eso decía algo, pero desde la inexistencia.) Con el paso del tiempo el pequeño papel terminó rompiéndose, y como si se tratara del comienzo de una leyenda, debido a mi acci­dentada forma de vida y a mis desordenados cambios de lugar, mensaje y firma terminaron para siempre se­parados. El mensaje quedó en la carpeta de tapas ama­rillas y la firma de Félix sencillamente se perdió. Cuan­do debí haberlo hecho no tomé la precaución de pegar o mantener juntas las partes de algún modo; y la con­secuencia fue que un día, al ver por primera vez el tex­to suelto, lo sentí como una prueba de nuestra (mía, suya y de todos) paulatina disolución en el olvido.

Habían pasado pocos años desde entonces y ya casi estaban borradas las diferencias entre esas líneas escritas con su letra y las otras, verdaderamente anó­nimas, que el había copiado en el cuarto de hotel; e incluso pensé que así, de alguna manera justa o ecuá­nime, las palabras volvían a su indefinida condición original, como si se tratara de un baluarte que ellas siempre defendían con toda su fuerza, incluso en oca­siones como ésta, aliándose con los objetos del mundo material para preservar su naturaleza poco definida. Sin la firma, la carta estaba incompleta –circunstancia no obstante del todo coherente con la personalidad elusiva de Félix.

Un último recuerdo de la mañana en que salió del puerto de Buenos Aires: cuando comenzaron a ace­lerarse los preparativos, en el barco sonaron unas alar­mas o bocinas que invitaban a los visitantes a dejar la nave. Yo había preferido quedarme en la superficie al igual que otras personas, la mayoría de ellas impedidas o de avanzada edad. Al rato vi que bajaban los visitan tes y cómo algunos de ellos, habiéndose despedido de los viajeros reales hacía solo un momento, abrazándose sobre la cubierta, al atravesar la pasarela hacia tierra fir­me emprendían un simulacro de arribo. Eran niños y personas jóvenes de regreso al país otoñal de la anciani­dad, donde un grupo de viejos los esperaba sin tener mucha idea de lo que hacer con ellos, mirándolos con una mezcla de incredulidad e incomprensión, la forma como solían mirar el recuerdo de su propia juventud. La broma trastocaba lo que debía ser la realidad.

Rato antes, mientras como dije hablé con Félix mirando el suelo de adoquines frente a unos galpones, le había comentado una ocurrencia que había tenido esa mañana. Iba caminando desde la zona de Retiro hacia las dársenas. Más allá de la Torre de los Ingleses había visto cómo las piedras de la avenida brillaban por los reflejos del alumbrado, que incluso parecían moverse por sí solos a causa de las ondulaciones de la calzada. A esa hora solitaria los camiones transitaban despacio y pensé que de a poco se iría abriendo el día. Una vez superado el mercado o feria que allí había entonces, y que acaso todavía siga en pie, comencé a ver la sombra clara de algunos edificios importantes co­mo el Hospital Ferroviario u otras construcciones en general macizas y adustas, de la época de Perón, que se hacían más nítidos a medida que me aproximaba. Y se me ocurrió una idea, más bien un deseo: tuve lá ocurrencia inexplicable de ponerme a derribar todo aquello construido, yo solo y provisto de un único martillo –a lo que me abocaría durante jornadas ente­ras de trabajo solitario pero eficaz. Por lo demás pienso hoy que era una de esas cosas que se dicen por decir algo, o para ocultar lo que no se quiere mencionar. Sin embargo la respuesta de Félix fue inesperadamente práctica. Al cabo de pensar durante algunos momen­tos, sin apartar los ojos del piso me dijo que con un solo martillo no sería suficiente, que por uno u otro motivo se rompería de algún modo o quedaría inutili­zable por el mismo desgaste derivado del uso, antes de terminar la labor.

Ese sentido de la realidad, como si las palabras debieran llevarse hasta la últimas consecuencias, me dejó intrigado. No lo había pensado de ese modo, era un argumento convincente, pero me parecía imposible que, tratado con cuidado y de una manera hipotética, un martillo no fuera capaz de cumplir con todo aquello que se le pedía, por demasiado arduo que fuera el trabajo. Ahora veo lo ocurrido y la verdad es que yo no pensaba concluir la tarea, probablemente ni siquiera ponerla en práctica. Más bien la imaginaba como una labor casi detenida y secreta, repitiéndose sin avances a lo largo de los días sucesivos. Y aun pensándolo mejor, esa modalidad estática era lo que quería para mi vida, no la inacción sino la ausencia de cambios, pero a la vez una tarea que me justificara ante los otros, más allá de las opiniones suscitadas por mis preferencias. Quizá era lo mismo que buscaba Félix, pero por otras vías. Su opción demostró ser la más acertada y la que mejor se acopló al movimiento de las cosas; y al contrario, por mi parte no supe eludir las trampas de la inmovilidad.

A veces pienso que hay un tramoyista dedicado a regir mis pasos, y que lo mismo ocurre con todos a quienes conocemos, Félix incluido. Nuestra sensibilidad es parcial, y por añadidura queremos ocultarnos y ponernos de manifiesto al mismo tiempo. Al comienzo de la mañana siguiente, cuando la columna de luz se había diluido y el día ya estaba instalado, a mi regreso recorrí en sentido inverso los mismos lugares del puer­to y de Retiro, como dije con las ropas completamente empapadas, y también un poco narcotizado por la somnolencia. La despedida de Félix, los preparativos del barco, el comienzo de su prolongado viaje, que du­ra todavía hasta hoy, me parecieron entonces definiti­vamente lejanos en el tiempo. No exagero si digo que ahora, al contrario, estas cosas me parecen más proxi­mas que entonces. Una nueva etapa se abría esa maña­na, un nuevo tiempo: el de la espera hasta la nueva aparición de los recuerdos.