Los planetas
(Alfaguara, Buenos Aires, 1999, pp. 225-233.)
Me preguntaba entonces, sobre la calle Rodríguez Peña a un costado de la Biblioteca del Maestro, cómo podía ser que una vez logrado el objetivo, conseguir la causal y tener una mediana anuencia, desechara el esfuerzo y quisiera olvidarme del asunto. Todo podía ser muy paradójico, pero ante la posibilidad real de cambiar de nombre advertía mi propio temor, no por lo que pudiera pasar conmigo –porque, como se sabe y es fácil imaginar, jamás se conoce lo que sucederá, el futuro es una incógnita real y precisamente por eso uno se conforma con el misterio y es lo que prefiere–; no por lo que pudiera pasar conmigo, sino por lo que pudiera sucederle a mi recuerdo de M, a él dentro mío. De este modo puede verse cómo a veces uno opta por la inacción antes que por el cambio, aunque existan riesgos ciertos, como en este caso, de derivar hacia la inanidad, porque es evidente que las cosas se reducen y luego acaban, eso ocurre con todo.
Así, junto con la evolución del tiempo, el forzoso cambio de las cosas y la gente, ha sido inevitable ir perdiéndole el rastro a las huellas de M. Cada vez hay menos señales que remitan a él. Sólo en la memoria se conservan, pero llega un momento cuando no estamos seguros del verdadero valor de lo guardado, porque así como podemos decir tantas cosas cuando decimos olvido, muchas de ellas contrapuestas y otras complementarias, también es verdad que al decir recuerdo, memoria, o simplemente evocación no debemos sino desconfiar, también allí se disimula una cueva de sombras. En su momento, como tengo señalado, el encuentro con Sito significó una brusca actualización. Pero la misma irradiación del impacto iluminó los imposibles; y la verdad es que llega el momento cuando la recuperación de los recuerdos se convierte en una senda plagada de dificultades.
En la última época volví a caminar, como poco después del secuestro, por la avenida Dorrego. A veces lo hacía desde Corrientes y otras desde Warnes, también tomaba Martínez Rozas. Incluso ahora frecuenté su cuadra donde, como dijera Sito, el tiempo no ha pasado. Y en todas las oportunidades verifiqué una nostalgia cada vez más diluida, el eco de una presencia paulatinamente más delgada. Las paredes, como sucede en esa calle, pueden mantenerse igual, pero el calor o el frío que recostados sobre ellas hemos percibido, el juego oblicuo de los ojos con que nos acostumbramos a mirarlas, el modo como recibieron por años el sudor de nuestros cuerpos, el espesor de nuestras voces y las intenciones de nuestras miradas, todo eso se ha borrado, sólo existe bajo la forma de rastros cada vez más débiles. Y si este es el futuro para todas las cosas, si este es el futuro del pasado, ir mezclándose con las formas del olvido, distorsionando cada vez más la evocación hasta borrar las mismas huellas que dejamos y nos dejan, que son las que en definitiva nos mantienen en pie, me pregunto entonces por el verdadero papel nuestro. No me quejo de la remisión ni de la disgregación de los cuerpos y la memoria, de nosotros mismos y de lo que existe nuestro en los otros, operaciones a las que todos estamos condenados y no tiene sentido enfrentarse; sino más bien pienso que si esto pertenece, como parece, al orden natural de las cosas se necesitaría objetarlo con un nuevo argumento, con otras pruebas y con diferente tipo de acción.
Siete
“Del conjunto de países invisibles, el presente es el más extenso." Durante bastante tiempo este comentario me ha parecido preciso antes que errado, después algo se invirtió y me pareció más acertado que preciso. Ahora soy de la opinión inicial: del conjunto de países invisibles, el presente es el más extenso. No podemos discurrir sobre algunas ideas sin modificarlas; y aunque este sea en parte el propósito de las opiniones, ahora quisiera apartarme de ello. Habitamos diversos países a la vez, de una transparencia tan cristalina que los hace invisibles, pero nunca el más luminoso. Y la actualidad es la condena más extensa, la que más dura. Desde la ausencia de M no sólo yo, también varios otros, residimos en un presente plano, desagregado de la realidad, dentro de un territorio cuyas fronteras si existen son imprecisas, dependen de nuestros movimientos, y donde sin embargo la quietud es la única alternativa adecuada. Nuestro lugar progresa con los avances y retrocede con los retrocesos. Hendimos el aire sin movernos, rodeados por nuestra envoltura. De este tiempo liso y transparente me ha resultado imposible liberarme; allí divago, transcurre, recuerdo y adivino a M, como en esas figuras fosilizadas por el recuerdo, transformado en mera sustancia temporal hasta que retorno, despierto, y descubro la estela de su cuerpo sobre el mío propio. Veo entonces a M incorporado sobre su cama, recién despierto, con las dos manos abiertas más atrás de la espalda, los brazos tensos, la piel casi ceniza, el torso sin vello, el débil sudor en su frente, abriendo bien los ojos sin todavía comprender la vigilia.
La estela de su cuerpo sobre el mío propio. Hará algunas noches soñé que viajábamos en un tren, hasta Moreno. Como sucede casi siempre, cuanto más cerca estamos del final del recorrido menos gente hay; así, después de Merlo, en el vagón casi no quedaba nadie. Alguien viene entonces desde adelante, caminando a tientas por el brusco movimiento del tren, y se sienta cuatro asientos más adelante de nosotros. De inmediato alguien viene desde atrás, caminando a tientas por el brusco movimiento del tren, y se sienta cuatro asientos más atrás de nosotros. M y yo estamos enfrentados, ambos junto a la ventanilla. Pero a su izquierda, tenemos la impresión, ocurren las mismas cosas que a mi izquierda, cuando ello es imposible; la mismas casas, lo mismo pasa con los autos, para no hablar de las calles: cada uno tiene a su izquierda un paisaje idéntico. Al rato, una vez que dejamos atrás Paso del Rey, alguien viene desde adelante, pasa a nuestro lado, y se sienta tres asientos más atrás; enseguida alguien viene desde atrás, pasa por nuestro costado, y se sienta tres asientos más adelante. Después cuando alguien pasa caminando hacia adelante, de inmediato pasa otra persona caminando hacia atrás. M y yo permanecemos callados, pero en el recuerdo del sueño ese silencio es la forma de expresar una verdad. Con un poco de imaginación podía suponerse que si en varios metros a la redonda la realidad en su conjunto, siendo nosotros dos el epicentro, era simétrica, no había ninguna razón para que no lo fuera también el resto del planeta. Y a ambos nos complacía esta idea, en definitiva la apoteosis de muchas de nuestras aspiraciones, sobrentendidos y creencias, porque entonces podíamos imaginarnos iguales; y la importancia de la igualdad no radicaba sólo en la concreción de una equivalencia sino también en la revelación de una nueva identidad. Durante el breve lapso, comparado con la duración usual de una vida, que demora el tren en recorrer unas pocas estaciones nos confundiríamos en una indiferenciación mutua.
Al rato, cuando el tren reduce la velocidad antes de Moreno, el final del recorrido, una detención notoriamente más lenta que las anteriores, sin duda debido, como a veces acordamos con M, al hábito de los pasajeros, puesto que ya todos saben que es la parada final, y esto hace percibirla como una culminación, concluye el sueño. Pero allí Moreno no es Moreno. Estamos llegando en realidad a la estación El Palomar. Tal confusión no provoca desconcierto alguno, no debemos retroceder ante ningún misterio. Es El Palomar bajo el nombre de Moreno. Incluso oímos anticipadamente el estridor de los pájaros, que desde los árboles de ambos andenes, incluido el de carga, y de los miles de árboles que rodean la estación, cubre por unos momentos el ruido del tren en lento movimiento. Entonces, justo cuando acabamos de frenar y el vagón inmóvil se ha convertido en la promesa del próximo viaje, observo el perfil de su cara mirando por la ventana y digo: "Esta ha sido nuestra mejor aventura". Ante lo cual M se da vuelta y me responde con una sonrisa: "Sí, nuestra mejor aventura".
Me preguntaba entonces, sobre la calle Rodríguez Peña a un costado de la Biblioteca del Maestro, cómo podía ser que una vez logrado el objetivo, conseguir la causal y tener una mediana anuencia, desechara el esfuerzo y quisiera olvidarme del asunto. Todo podía ser muy paradójico, pero ante la posibilidad real de cambiar de nombre advertía mi propio temor, no por lo que pudiera pasar conmigo –porque, como se sabe y es fácil imaginar, jamás se conoce lo que sucederá, el futuro es una incógnita real y precisamente por eso uno se conforma con el misterio y es lo que prefiere–; no por lo que pudiera pasar conmigo, sino por lo que pudiera sucederle a mi recuerdo de M, a él dentro mío. De este modo puede verse cómo a veces uno opta por la inacción antes que por el cambio, aunque existan riesgos ciertos, como en este caso, de derivar hacia la inanidad, porque es evidente que las cosas se reducen y luego acaban, eso ocurre con todo.
Así, junto con la evolución del tiempo, el forzoso cambio de las cosas y la gente, ha sido inevitable ir perdiéndole el rastro a las huellas de M. Cada vez hay menos señales que remitan a él. Sólo en la memoria se conservan, pero llega un momento cuando no estamos seguros del verdadero valor de lo guardado, porque así como podemos decir tantas cosas cuando decimos olvido, muchas de ellas contrapuestas y otras complementarias, también es verdad que al decir recuerdo, memoria, o simplemente evocación no debemos sino desconfiar, también allí se disimula una cueva de sombras. En su momento, como tengo señalado, el encuentro con Sito significó una brusca actualización. Pero la misma irradiación del impacto iluminó los imposibles; y la verdad es que llega el momento cuando la recuperación de los recuerdos se convierte en una senda plagada de dificultades.
En la última época volví a caminar, como poco después del secuestro, por la avenida Dorrego. A veces lo hacía desde Corrientes y otras desde Warnes, también tomaba Martínez Rozas. Incluso ahora frecuenté su cuadra donde, como dijera Sito, el tiempo no ha pasado. Y en todas las oportunidades verifiqué una nostalgia cada vez más diluida, el eco de una presencia paulatinamente más delgada. Las paredes, como sucede en esa calle, pueden mantenerse igual, pero el calor o el frío que recostados sobre ellas hemos percibido, el juego oblicuo de los ojos con que nos acostumbramos a mirarlas, el modo como recibieron por años el sudor de nuestros cuerpos, el espesor de nuestras voces y las intenciones de nuestras miradas, todo eso se ha borrado, sólo existe bajo la forma de rastros cada vez más débiles. Y si este es el futuro para todas las cosas, si este es el futuro del pasado, ir mezclándose con las formas del olvido, distorsionando cada vez más la evocación hasta borrar las mismas huellas que dejamos y nos dejan, que son las que en definitiva nos mantienen en pie, me pregunto entonces por el verdadero papel nuestro. No me quejo de la remisión ni de la disgregación de los cuerpos y la memoria, de nosotros mismos y de lo que existe nuestro en los otros, operaciones a las que todos estamos condenados y no tiene sentido enfrentarse; sino más bien pienso que si esto pertenece, como parece, al orden natural de las cosas se necesitaría objetarlo con un nuevo argumento, con otras pruebas y con diferente tipo de acción.
Siete
“Del conjunto de países invisibles, el presente es el más extenso." Durante bastante tiempo este comentario me ha parecido preciso antes que errado, después algo se invirtió y me pareció más acertado que preciso. Ahora soy de la opinión inicial: del conjunto de países invisibles, el presente es el más extenso. No podemos discurrir sobre algunas ideas sin modificarlas; y aunque este sea en parte el propósito de las opiniones, ahora quisiera apartarme de ello. Habitamos diversos países a la vez, de una transparencia tan cristalina que los hace invisibles, pero nunca el más luminoso. Y la actualidad es la condena más extensa, la que más dura. Desde la ausencia de M no sólo yo, también varios otros, residimos en un presente plano, desagregado de la realidad, dentro de un territorio cuyas fronteras si existen son imprecisas, dependen de nuestros movimientos, y donde sin embargo la quietud es la única alternativa adecuada. Nuestro lugar progresa con los avances y retrocede con los retrocesos. Hendimos el aire sin movernos, rodeados por nuestra envoltura. De este tiempo liso y transparente me ha resultado imposible liberarme; allí divago, transcurre, recuerdo y adivino a M, como en esas figuras fosilizadas por el recuerdo, transformado en mera sustancia temporal hasta que retorno, despierto, y descubro la estela de su cuerpo sobre el mío propio. Veo entonces a M incorporado sobre su cama, recién despierto, con las dos manos abiertas más atrás de la espalda, los brazos tensos, la piel casi ceniza, el torso sin vello, el débil sudor en su frente, abriendo bien los ojos sin todavía comprender la vigilia.
La estela de su cuerpo sobre el mío propio. Hará algunas noches soñé que viajábamos en un tren, hasta Moreno. Como sucede casi siempre, cuanto más cerca estamos del final del recorrido menos gente hay; así, después de Merlo, en el vagón casi no quedaba nadie. Alguien viene entonces desde adelante, caminando a tientas por el brusco movimiento del tren, y se sienta cuatro asientos más adelante de nosotros. De inmediato alguien viene desde atrás, caminando a tientas por el brusco movimiento del tren, y se sienta cuatro asientos más atrás de nosotros. M y yo estamos enfrentados, ambos junto a la ventanilla. Pero a su izquierda, tenemos la impresión, ocurren las mismas cosas que a mi izquierda, cuando ello es imposible; la mismas casas, lo mismo pasa con los autos, para no hablar de las calles: cada uno tiene a su izquierda un paisaje idéntico. Al rato, una vez que dejamos atrás Paso del Rey, alguien viene desde adelante, pasa a nuestro lado, y se sienta tres asientos más atrás; enseguida alguien viene desde atrás, pasa por nuestro costado, y se sienta tres asientos más adelante. Después cuando alguien pasa caminando hacia adelante, de inmediato pasa otra persona caminando hacia atrás. M y yo permanecemos callados, pero en el recuerdo del sueño ese silencio es la forma de expresar una verdad. Con un poco de imaginación podía suponerse que si en varios metros a la redonda la realidad en su conjunto, siendo nosotros dos el epicentro, era simétrica, no había ninguna razón para que no lo fuera también el resto del planeta. Y a ambos nos complacía esta idea, en definitiva la apoteosis de muchas de nuestras aspiraciones, sobrentendidos y creencias, porque entonces podíamos imaginarnos iguales; y la importancia de la igualdad no radicaba sólo en la concreción de una equivalencia sino también en la revelación de una nueva identidad. Durante el breve lapso, comparado con la duración usual de una vida, que demora el tren en recorrer unas pocas estaciones nos confundiríamos en una indiferenciación mutua.
Al rato, cuando el tren reduce la velocidad antes de Moreno, el final del recorrido, una detención notoriamente más lenta que las anteriores, sin duda debido, como a veces acordamos con M, al hábito de los pasajeros, puesto que ya todos saben que es la parada final, y esto hace percibirla como una culminación, concluye el sueño. Pero allí Moreno no es Moreno. Estamos llegando en realidad a la estación El Palomar. Tal confusión no provoca desconcierto alguno, no debemos retroceder ante ningún misterio. Es El Palomar bajo el nombre de Moreno. Incluso oímos anticipadamente el estridor de los pájaros, que desde los árboles de ambos andenes, incluido el de carga, y de los miles de árboles que rodean la estación, cubre por unos momentos el ruido del tren en lento movimiento. Entonces, justo cuando acabamos de frenar y el vagón inmóvil se ha convertido en la promesa del próximo viaje, observo el perfil de su cara mirando por la ventana y digo: "Esta ha sido nuestra mejor aventura". Ante lo cual M se da vuelta y me responde con una sonrisa: "Sí, nuestra mejor aventura".