09/05/07

Los planetas

(Alfaguara, Buenos Aires, 1999, pp. 225-233.)

Me preguntaba entonces, sobre la calle Rodríguez Peña a un costado de la Biblioteca del Maestro, cómo podía ser que una vez logrado el objetivo, conseguir la causal y tener una mediana anuencia, desechara el esfuerzo y quisiera olvidarme del asunto. Todo podía ser muy paradójico, pero ante la po­sibilidad real de cambiar de nombre advertía mi propio te­mor, no por lo que pudiera pasar conmigo –porque, como se sabe y es fácil imaginar, jamás se conoce lo que sucederá, el futuro es una incógnita real y precisamente por eso uno se conforma con el misterio y es lo que prefiere–; no por lo que pudiera pasar conmigo, sino por lo que pudiera sucederle a mi recuerdo de M, a él dentro mío. De este modo puede ver­se cómo a veces uno opta por la inacción antes que por el cambio, aunque existan riesgos ciertos, como en este caso, de derivar hacia la inanidad, porque es evidente que las cosas se reducen y luego acaban, eso ocurre con todo.

Así, junto con la evolución del tiempo, el forzoso cambio de las cosas y la gente, ha sido inevitable ir perdiéndole el ras­tro a las huellas de M. Cada vez hay menos señales que remitan a él. Sólo en la memoria se conservan, pero llega un mo­mento cuando no estamos seguros del verdadero valor de lo guardado, porque así como podemos decir tantas cosas cuan­do decimos olvido, muchas de ellas contrapuestas y otras complementarias, también es verdad que al decir recuerdo, memoria, o simplemente evocación no debemos sino descon­fiar, también allí se disimula una cueva de sombras. En su momento, como tengo señalado, el encuentro con Sito signi­ficó una brusca actualización. Pero la misma irradiación del impacto iluminó los imposibles; y la verdad es que llega el momento cuando la recuperación de los recuerdos se convier­te en una senda plagada de dificultades.

En la última época volví a caminar, como poco después del secuestro, por la avenida Dorrego. A veces lo hacía desde Corrientes y otras desde Warnes, también tomaba Martínez Rozas. Incluso ahora frecuenté su cuadra donde, como dijera Sito, el tiempo no ha pasado. Y en todas las oportunidades verifiqué una nostalgia cada vez más diluida, el eco de una presencia paulatinamente más delgada. Las paredes, como su­cede en esa calle, pueden mantenerse igual, pero el calor o el frío que recostados sobre ellas hemos percibido, el juego obli­cuo de los ojos con que nos acostumbramos a mirarlas, el mo­do como recibieron por años el sudor de nuestros cuerpos, el espesor de nuestras voces y las intenciones de nuestras mira­das, todo eso se ha borrado, sólo existe bajo la forma de ras­tros cada vez más débiles. Y si este es el futuro para todas las cosas, si este es el futuro del pasado, ir mezclándose con las formas del olvido, distorsionando cada vez más la evocación hasta borrar las mismas huellas que dejamos y nos dejan, que son las que en definitiva nos mantienen en pie, me pregunto entonces por el verdadero papel nuestro. No me quejo de la remisión ni de la disgregación de los cuerpos y la memoria, de nosotros mismos y de lo que existe nuestro en los otros, operaciones a las que todos estamos condenados y no tiene sentido enfrentarse; sino más bien pienso que si esto pertene­ce, como parece, al orden natural de las cosas se necesitaría objetarlo con un nuevo argumento, con otras pruebas y con diferente tipo de acción.

Siete

“Del conjunto de países invisibles, el presente es el más extenso." Durante bastante tiempo este comentario me ha parecido pre­ciso antes que errado, después algo se invirtió y me pareció más acertado que preciso. Ahora soy de la opinión inicial: del con­junto de países invisibles, el presente es el más extenso. No po­demos discurrir sobre algunas ideas sin modificarlas; y aunque este sea en parte el propósito de las opiniones, ahora quisiera apartarme de ello. Habitamos diversos países a la vez, de una transparencia tan cristalina que los hace invisibles, pero nunca el más luminoso. Y la actualidad es la condena más extensa, la que más dura. Desde la ausencia de M no sólo yo, también va­rios otros, residimos en un presente plano, desagregado de la realidad, dentro de un territorio cuyas fronteras si existen son imprecisas, dependen de nuestros movimientos, y donde sin embargo la quietud es la única alternativa adecuada. Nuestro lugar progresa con los avances y retrocede con los retrocesos. Hendimos el aire sin movernos, rodeados por nuestra envoltu­ra. De este tiempo liso y transparente me ha resultado imposi­ble liberarme; allí divago, transcurre, recuerdo y adivino a M, como en esas figuras fosilizadas por el recuerdo, transformado en mera sustancia temporal hasta que retorno, despierto, y des­cubro la estela de su cuerpo sobre el mío propio. Veo entonces a M incorporado sobre su cama, recién despierto, con las dos manos abiertas más atrás de la espalda, los brazos tensos, la piel casi ceniza, el torso sin vello, el débil sudor en su frente, abrien­do bien los ojos sin todavía comprender la vigilia.

La estela de su cuerpo sobre el mío propio. Hará algunas no­ches soñé que viajábamos en un tren, hasta Moreno. Como sucede casi siempre, cuanto más cerca estamos del final del recorrido menos gente hay; así, después de Merlo, en el vagón casi no quedaba nadie. Alguien viene entonces desde adelante, caminando a tientas por el brusco movimiento del tren, y se sienta cuatro asientos más adelante de nosotros. De inme­diato alguien viene desde atrás, caminando a tientas por el brusco movimiento del tren, y se sienta cuatro asientos más atrás de nosotros. M y yo estamos enfrentados, ambos junto a la ventanilla. Pero a su izquierda, tenemos la impresión, ocurren las mismas cosas que a mi izquierda, cuando ello es imposible; la mismas casas, lo mismo pasa con los autos, para no hablar de las calles: cada uno tiene a su izquierda un paisaje idéntico. Al rato, una vez que dejamos atrás Paso del Rey, alguien viene desde adelante, pasa a nuestro lado, y se sienta tres asientos más atrás; enseguida alguien viene desde atrás, pasa por nuestro costado, y se sienta tres asientos más adelante. Después cuando alguien pasa caminando hacia ade­lante, de inmediato pasa otra persona caminando hacia atrás. M y yo permanecemos callados, pero en el recuerdo del sueño ese silencio es la forma de expresar una verdad. Con un poco de imaginación podía suponerse que si en varios metros a la redonda la realidad en su conjunto, siendo nosotros dos el epicentro, era simétrica, no había ninguna razón para que no lo fuera también el resto del planeta. Y a ambos nos com­placía esta idea, en definitiva la apoteosis de muchas de nues­tras aspiraciones, sobrentendidos y creencias, porque enton­ces podíamos imaginarnos iguales; y la importancia de la igualdad no radicaba sólo en la concreción de una equivalen­cia sino también en la revelación de una nueva identidad. Durante el breve lapso, comparado con la duración usual de una vida, que demora el tren en recorrer unas pocas estacio­nes nos confundiríamos en una indiferenciación mutua.

Al rato, cuando el tren reduce la velocidad antes de More­no, el final del recorrido, una detención notoriamente más lenta que las anteriores, sin duda debido, como a veces acor­damos con M, al hábito de los pasajeros, puesto que ya todos saben que es la parada final, y esto hace percibirla como una culminación, concluye el sueño. Pero allí Moreno no es Mo­reno. Estamos llegando en realidad a la estación El Palomar. Tal confusión no provoca desconcierto alguno, no debemos retroceder ante ningún misterio. Es El Palomar bajo el nom­bre de Moreno. Incluso oímos anticipadamente el estridor de los pájaros, que desde los árboles de ambos andenes, incluido el de carga, y de los miles de árboles que rodean la estación, cubre por unos momentos el ruido del tren en lento movi­miento. Entonces, justo cuando acabamos de frenar y el vagón inmóvil se ha convertido en la promesa del próximo via­je, observo el perfil de su cara mirando por la ventana y digo: "Esta ha sido nuestra mejor aventura". Ante lo cual M se da vuelta y me responde con una sonrisa: "Sí, nuestra mejor aventura".