02/10/07

La venganza de lo idílico

Llequé a Caracas una noche de mayo de 1990. Al subir desde el aeropuerto me impresionaron las luces de los barrios, que como una red ondulante se prolongaban hacia la oscuridad y la lejanía. Después supe lo que efectivamente eran, pero en ese momento me parecieron señales inocentes, urbanismo de la montaña. Las luces titilaban por efecto de la distancia, y a medida que uno atravesaba alturas o la autopista cambiaba de dirección, los movimientos ponían al descubierto otras laderas iluminadas y nuevas superficies, algunas conservadas en la oscuridad y otras pobladas.


A los pocos días emprendí mi primera caminata por el centro de la ciudad. Quienes lo conocen pueden suponer o recordar que entonces era muy diferente. En parte es así, era muy diferente; pero en algunos aspectos se mantuvo. Creo que la diferencia más notoria es la más obvia y generalizada. En ese tiempo había todavía vestigios del pasado de entonces; esos vestigios ahora pertenecen a otra época más reciente, hubo un corrimiento temporal. No me refiero a las edificaciones, lo que menos ha cambiado por esos lugares, sino al uso del espacio. El uso intensivo de hoy establece con el pasado una distancia mayor que la sugerida por los años transcurridos.


Pero no quería hablar de esto, sino decir que en aquel primer paseo, caminando sin meta, como casi nunca suelo caminar (porque para mí la mejor forma de caminar es cuando me dirijo a un lugar tan distante que convierta la caminata en una travesía lo bastante larga como para olvidarme de a ratos que estoy yendo a algún lado en particular). De manera que ese día era una excepción, yo no tenia meta. Me impresionaba que todo fuera gris; las calles, las fachadas y edificiones, las señales con distintos matices de la misma coloración, como si todo perteneciera a una misma familia. Incluso las cosas de otro color habían virado extrañamente, adquiriendo una cobertura de grisura que las uniformaba con el resto, como un precio que hubiesen debido pagar para mantenerse en su sitio. Hasta las hojas de los árboles, convencionalmente verdes, reflejaban acá una luz opaca, entre plomiza y plateada, quizá exhaustas por el baño de calor al que los aparatos de aire acondicionado de los edificios las sometían, o contagiadas de la cantidad de aluminio, hormigón y vidrio que tenían alrededor.


Caminaba sin meta, entonces, y en una de esas cuadras indiferenciadas que hay desde El Capitolio hacia el norte, me topé con una vieja librería escolar, casi sin útiles para vender y con las estanterías muy despobladas. El dueño había decidido repartir la poca mercancía que quedaba en la totalidad del espacio, y por lo tanto parecía tratarse de una exhibición de museo, u ornamental, porque cada objeto adquiría una particularidad insólita para su condición, dedicada más al uso que a la contemplación. Estaba desconcertado ante esta inesperada combinación y quería fijarme en cada objeto como si guardara alguna clave, porque no concebía que ese orden obedeciera a un acto inocente. Entonces contemplé largamente la escuadra de madera oscura, la inmensa regla adornada con su festón milimétrico, el cuaderno de tapa blanda en posición vertical, combado por el paso del tiempo, el cuaderno tapa dura innecesariamente acostado, el compás de otro tiempo, grande y pesado como un arma de ataque, etc. Eran objetos mudos, de un silencio tan antiguo que hasta en el tiempo de mi escolaridad habían sido viejos. El dueño se mantenía al fondo, reconcentrado mirando la calle, detrás de sus anteojos de gran aumento y su guayabera marrón, un tanto alertado por una visita que quizá interrumpía su aislamiento de días, pensé.

Estuve a punto de retirarme, entre confuso y desilusionado (por un momento imaginé que allí podía esconderse algún Aleph), cuando tendí una última mirada tipo paneo y pude ver, bajo el cristal del mueble que hacía las veces de mostrador, unos cuadernillos de tarjetas postales caraqueñas, de portada blanca y guardas azules.

Saqué al hombre de su ensoñación y le pedí que me las mostrara. Eran cuatro o cinco sets, todos iguales; tenían un precio de liquidación. Si no recuerdo mal, comprar tres equivalía a pagar por dos, pero llevar uno solo significaba pagar por uno y medio. Uno no podía saber en qué lugar de la escala se fijaba el valor justo, si en el precio de los cinco, de tres o de uno. Vi la leyenda de la portada: “10 tarjetas postales en colores”, “Vistas de Caracas”, y me sentí conmovido por un arrebato de nostalgia. Justamente yo, que apenas tenía 48 horas en el país. Pero en esa portada había una apelación al pasado en la que yo me reconocía incluido, en gran medida porque, como toda tarjeta postal, no estaba dirigida especialmente a los caraqueños sino a los visitantes, con el añadido, en este caso, de prometer una versión de otros años. ¿Y qué más puede pedir un extranjero que asistir al pasado de su nueva ciudad?

Abrí un cuadernillo y encontré paisajes urbanos de los años 50. Me recordaron aquellas películas con escenas de exteriores panorámicas: la ciudad como espacio donde todo fluye ordenadamente, y donde la jerarquía monumental de los espacios organiza la perspectiva. Imaginé posibles postales similares de mi ciudad, pensé en postales equivalentes de una ciudad ignorada, o inexistente. No conocía ninguno de los lugares representados en las vistas, para no hablar de sus nombres, algunos de los cuales disparaban en mí vagas reminiscencias caribeñas, obvio, también botánicas e históricas, ninguna de las cuales sin embargo podía verificar y asignar a un referente u origen preciso. No exagero si digo que desde entonces me apropié de esa visión de Caracas, la hice mía como si se tratara de un secreto fundante.


Por lo tanto decidí comprar todos los cuadernillos disponibles, porque en un gesto egoísta quise ocultar de la visión ajena, del desorientado que viniera caminando atrás mío, esos paisajes que había decidido me pertenecieran exclusivamente. Era un gesto de apropiación, y en el colmo de mi vanidad me veía mandando estas postales a los amigos, ofreciendo imágenes que no se correspondían con el presente, como si la distancia física que había decidido instaurar, digamos, entre ellos y yo también me hubiese permitido no solo observar otros tiempos sino directamente acceder a otra temporalidad. Porque yo quería blandirlas como pedazos de experiencia concreta, era yo quien diciendo “te mando esto” quería decir “estoy acá”. Nadie era tan ingenuo para leer “Esto es así”, pero todos iban a pensar, como yo, “Pasé por esto”. De manera que estas imágenes aunaban exotismo y experiencia compartida, y sobre todo eran para mí objetos de contemplación y a la vez documentos, lo más parecido a las reliquias.


A medida que me felicitaba por la buena suerte de haber dado con las postales y las miraba una y otra vez, un nuevo elemento llamó mi atención. Veía que en cada superficie se habían formado pequeños vacíos, en los lugares más azarosos y de tamaño variable; y veía también que existía una continuidad entre ellos, o sea, el agujero de una postal coincidía con el de la anterior o la siguiente. Quiero decir que advertí, mientras el vendedor esperaba mi decisión mirando de nuevo anhelante hacia la calle, como si estar en su negocio lo convirtiera en un ser desdichado, advertí que los cuadernillos habían sido víctimas de termitas. O polillas. Tras unos momentos de sorpresa y desconcierto, lejos de desanimarme este defecto me entusiasmó. Era un símbolo efectivo del trabajo del tiempo; una nueva prueba, digamos, de originalidad; el deterioro preciso que tornaba a estas piezas únicas, y que por lo mismo lejos de menoscabarlas las enaltecía. Entonces pagué por ellas las monedas que valían y al poco rato estaba de nuevo en la calle. Los carritos de chicha atraían mayor clientela, y yo estaba contento con las postales en mi morral.


De todos modos la historia no terminó aquí. Más bien en este punto comenzó, o se desplazó, porque cuando estuve de regreso en mi casa y pude ver las imágenes con detenimiento, estas vistas me conmovieron como representaciones de una ciudad armoniosa y levemente exótica. Yo tenía a la mano, recién llegado, una buena porción del pasado imaginario. Este pasado representado era indisociable del color, el protagonista excluyente de las imágenes. ¿Qué sería de Caracas sin sus colores? Esto debía haberse preguntado el editor, para aprovechar de inmediato los avances técnicos de entonces que le dejaron incluir tantos verdes, rojos y rosados como imponía su sentido del cromatismo caraqueño. Por ello la coloración es tan cargada, uno diría empastada, e imaginativa o hasta insólita, como la cantidad de automóviles rosados, con registros muy difíciles de encontrar fuera de las escalas más expresionistas del Pantone.


Conservé las postales como una suerte de tesoro. Son el tributo ornamental a una geografía que no precisa exageraciones, y sin embargo las induce. Ocasionalmente las enviaba por correo a los amigos, y en general me agradecían porque todos se sentían transportados a vagas épocas idílicas, pertenecientes a un tiempo definitivamente extinguido (todos callaron sobre las perforaciones, como si admitieran que es mejor no hablar de lo ominoso). Las postales relataban el idilio entre ciudad y geografía, una de las claves del sentimiento de nostalgia. La búsqueda de esa conjunción se expresaba en la intensidad, no solo la variedad, de los colores, a punto de desbordar cada perímetro pero sin interferir en la composición. En cuanto a la otra intervención, los túneles, también encontré en ellos un sentido: podían ser la metáfora perfecta sobre los males de la ciudad en crecimiento, etc.


Pero estas cavidades me interesaban sobre todo en su manifestación concreta. Las tomé como elementos de realidad-ficción. Por ejemplo: un farol de la plaza Rafael Urdaneta de El Silencio se asomaba a una azotea sobre la avenida Sucre.

Una vereda de la avenida España equivalía a un auto circulando sobre Nueva Granada, frente a la Esso; un techo rojo sobre la Francisco de Miranda se comunicaba con la pista hípica de La Rinconada; el asfalto deshabitado en Las Acacias con un parque de la Andrés Bello o con la base de la estatua al Indio Tiuna, etc.


Las excavaciones proponían itinerarios posibles, conjugaban no solo puntos distantes y arbitrarios, siempre emblemáticos, sino en especial distintos tiempos: con el paso de los años, los agujeros terminaban siendo lo único verdadero de estas postales: lo demás podía haberse derrumbado o, lo que venía a ser lo mismo, no existir ya como dato consistente de la realidad. Habían cambiado las coordenadas y las escalas de Caracas, el paisajismo había adquirido otro sentido, los motivos urbanos eran diferentes, la idea del uso del espacio y su capacidad reguladora se habían modificado, etc. Por lo tanto quedaban estos recorridos propuestos por los túneles como motores silenciosos de la imaginación. O sea, me inquietaba advertir que la plaga, como se le dice, tuviera algo para decir sobre este tema y, más aún, que yo estuviera dispuesto a considerar sus signos.


Los devoradores proponían una escritura abierta y veloz, tocando los elementos y dedicándose al siguiente, siempre el siguiente, ubicado inmediatamente después del anterior. Envidié esta mecánica y me dije que uno de los mayores préstamos que podía tomar de ello era el procedimiento. Diseñar el recorrido, escribir la historia de estos elementos con una combinación tan feliz como la de las termitas, exitosas al lograr una fuerte inscripción material (nada más inscripto que la perforacion, como si el empeño de escritura física hubiera atravesado la cartulina) y una elusiva acción connotativa.


Pero como siempre ocurre, los problemas no terminaban ahí. Me detenía, me detengo, cada tanto a observar las postales y me desconcierta la superficie (siempre tenemos de los textos solamente su superficie), ese carácter de sueño de felicidad o carácter inofensivo que transmiten, como si Caracas fuera una ciudad transparente, con todo a la vista, pura pulcritud y sin nada que ocultar. En una sola imagen se ve un barrio, empequeñecido a lo lejos, apenas nítido como un racimo de casas, cubriendo la ladera del fondo; es la postal de Nueva Granada por supuesto.

Pero no es este falseamiento lo que me desconcierta; en realidad estamos acostumbrados a recibirlos todo el tiempo. Hay otro fraude más ominoso, aunque tardé años en advertirlo. Las postales buscan mostrar la pacífica realidad verdadera, pero se equivocan al proponer, en su empeño, un aire claro.

Pienso, en mi visión justiciera de la realidad, que las termitas quisieron desmentir esa representación idílica de la luz y obraron en consecuencia. La luz caraqueña nunca es diáfana; es siempre turbulenta, granulosa, reverberante por efecto de la montaña, que por otra parte acompaña el recorrido solar; aparte están las nubes yendo y viniendo a cada momento. En esto reside mi principal crítica a estas postales, su pecado de origen y su condición fraudulenta. La luz desde el valle simula un grumo en estado de dispersión que sólo se desvanece del todo cuando cae la tarde; la refracción disminuye y recién entonces uno contempla la lejanía sin contratiempos. El crepúsculo, siendo breve, es anticlimático y tiene una belleza mortal: el día se extingue rápido, cuando el aire ha alcanzado el mayor grado de transparencia.


Entonces, también podía pensar en el trabajo de la termitas como un acto de justicia: la promesa de ruina que siempre blande la literatura contra la así llamada realidad.


(Leído en la 7ma. Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 18-22 septiembre de 2007.)