Escritores jugueteros
Después del festejo, cuando tarde en la noche abrió la puerta de su cuarto, se le encogió el corazón. Desde hacía tiempo ya estaba acostumbrado a la tristeza que arrastraba, pero en esta oportunidad, quizá por la alegría momentánea de la reciente celebración, al examinar la soledad de su albergue, el mortecino esmalte de sus muebles, los colgantes de cristal de la pantalla, su lecho frío con su artesonado de hojas azules sobre el fondo de oro; cuando paseó la mirada sobre los paisajes que ornamentaban los muros, sombras de rascacielos sobre torres babilónicas, árboles curvados en lejanías de caminos violetas y amarillos, ríos de cobre surcando prados verdes y llanuras sonrosadas; al ver todo eso, digamos de nuevo que se le encogió el corazón: no pudo contenerse y lloró su pena.
Con este ejemplo empieza el único manual, que yo conozca, sobre habitaciones de escritores. El texto no habla de cuartos ni de escritorios. No usa la palabra refugio, estudio, mundo, rincón, oficina, etc. Solamente habla de “recinto” o, más genérico todavía, de “lugar”. El recinto del escritor sería, según este libro, el sitio donde el autor está concentrado, se convierte en un ser solitario y rumia un soliloquio de tiempo variable. Un poco a lo Beckett. No importa si en este lugar escribe sus cosas o ve películas; si conspira, se alimenta o se asoma todo el día por la ventana –si tiene. Hay casos de escritores cuyo recinto es el menos indicado para escribir, y de hecho lo hacen en cualquier otro sitio.
Entonces, continúa el prólogo varias páginas más adelante, qué define un ambiente u otro como lugar. El recinto del escritor no se define por ninguna actividad concreta, sino por una relación, a veces subterránea, secreta o hasta ignorada para el autor. Debe haber un lazo de pertenencia, en el sentido de apego, y obviamente de intimidad. Como si uno dijera el “mundo privado”, el rincón donde el niño se abstrae en su propia soledad y puede jugar sin inhibiciones con todo lo que tiene a la mano. El rincón por lo tanto es el espacio de la naturalidad profunda. La pregunta que me hago entonces es qué tiene el lugar del escritor en particular, porque presentado así, cualquier persona es capaz de tener su sitio personal.
(Los libros que rodean su objeto sin llegar a precisarlo nunca pueden resultar exasperantes. Están en ambos lados, como ciertas frases. Me resultan entretenidos en su irresolución, pero a la vez me intrigan hasta el cansancio.)
En los cuadros de recintos de escritores lo más habitual es la cama. Ninguno se salva de mencionarla. Es la fuente de energía de donde emana el día, la actividad, o hacia donde se dirige el gusto o el deseo del artista. La cama expresa a través del arreglo, o de su falta, el carácter del recinto y por ende de su dueño. Nunca parece una presencia neutra como pudiera serlo una silla. Por ejemplo, un lecho frío con su artesonado de hojas azules sobre el fondo de oro: una cama demasiado burguesa para un escritor con mandato bohemio, porque de no serlo no habría puesto que el lecho es frío, y en general no habría estado al borde del llanto ante la contemplación del recinto. El escritor viene de una celebración. Habrá sido un convite literario donde buscó lucirse y del que salió triste y agotado.
Hay casos en que las camas se personifican, por lo general durante la noche. Los escritores del bajo mundo, los pobres o los torturados, duermen en camas vampíricas o hasta infamantes. Chinches que se despabilan y quieren su cena de sangre, olores indelebles que se corporizan.
Ese día volvió más temprano. La luz extinguida que se filtraba por el cristal sucio de la ventana llegaba apenas hasta el lecho y lo revelaba lejano, indistinguible, etéreo como si flotara en una nube de desorden e irrealidad. Más atrás, ni se distinguían los pocos libros y el cuaderno solitario sobre la mesa. Hacía tiempo que no cambiaba las sábanas; ya tenían un color indefinido. Estuvo a punto de dejarse llevar por la curiosidad perversa de escudriñar entre las huellas de los insectos y las marcas del propio cuerpo; y si no lo hizo fue porque creyó que ello significaba asomarse a un relato vedado. Él debía seguir escribiendo entre los hombres, con la gente y en contacto con otros cuerpos, lejos de las señales emitidas por el lecho que lo reclamaban como si se tratara de un universo egoísta y al fin olvidado. Por último, escuchó las quejas del hambre desde la habitación de al lado.
Acá tenemos la cuestión de la vida paralela. No una doble vida a lo Dr. Jekyll, sino la vida de los objetos impregnada de vida, que por un proceso de acumulación parecen adquirir autonomía.
Valgan estos dos ejemplos para mostrar que en los recintos de escritor la cama es objeto dominante; aunque esté representada por un sofá donde recostarse o un simple futón para pensar. (Recuérdese el caso del famoso escritor marginal, que cuando la billetera se lo permitió compró dos poltronas: una para leer y otra para descansar. Se dormía en las dos.) A veces el escritor precisa la siesta, la libertad de una duermevela o una ensoñación que le despeje la mente demasiado aturdida al cabo del empeño intelectual.
(Recibo un llamado: el amigo que me ha prestado el libro ofrece explicarme su hipótesis. El arte, como actividad, de representar el propio lugar es el más genuino y honesto en sus intenciones. Viene a ser como un autorretrato. El escritor juega a descubrirse; y cuando un escritor procura una mirada profunda sobre sí mismo imagina su lugar vacío, con él ausente por largo tiempo o directamente muerto. Por eso, continúa mi amigo, casi todas estas descripciones se producen cuando el autor llega a su recinto, vuelve de una larga o corta ausencia; porque precisa crear una mirada externa que haga consistente su perspectiva, la sorpresa o naturalidad del lugar vacío y propio a la vez. Le digo que no estoy seguro. A veces conocemos el recinto de un escritor y sin embargo nunca lo ha descripto. Y cuando lo conocemos hacemos de cuenta haberlo leído de mano del autor. Pongo un ejemplo: es como la vida. Cuando conocemos la vida de un autor nos parece su autobiografía; una autobiografía actuada. Otra hipótesis de mi amigo es que quienes más describen sus recintos son los escritores inseguros, o directamente fracasados. Después, antes de cortar mi amigo dice que no es preciso que le devuelva el libro. Eso me deja pensando. No es una cesión, por supuesto tampoco un regalo. Como si me dijera: “No me devuelvas algo inservible” –con lo cual lo inservible me lo encaja a mí.)
Casi al finalizar el libro descubro otro ejemplo, ahora fastuoso, también inesperado como una floración nocturna: el brocado impecable del canapé que usa el autor decadente, la monotonía con que se detiene a describirlo en cada uno de sus relatos, aunque variando los motivos del decorado. Plantas contorneantes como reptiles, animales fantásticos, organismos ininteligibles; escenas flamígeras, colores dorados, plateados y sedosos. En este tipo de recintos, la relación entre fantasía artística y ornato del ambiente es demasiado lineal, llega a la superposición: la escenografía representada en los libros es el escenario que el escritor ha elegido para rodearse. Los símbolos culturales, las piezas traídas de lugares lejanos, las combinaciones extravagantes, etc. El exotismo en estos casos tiene un valor adicional, porque ha venido a visitar al autor, está adosado a su lugar de trabajo. Como dije, de casi el final extraigo este párrafo:
Sabía que actuaba mal volviendo a hora tan inopinada. ¿Pero desde cuándo él debía actuar bien? Todo en su vida era un empeño por parecerse a sí mismo, o más bien a la idea que quería transmitir de sí. Ese mismo cuarto estaba arreglado según su fantasía más profunda, y en parte por eso le resultaba enervante que su misma creación lo sometiera a horarios. En fin, lo concreto es que se puso pálido apenas abrió la puerta. Dragones y fieras se enredaban en una danza frenética con hiedras multiplicadas y plantas en plena metamorfosis. Los paisajes del brocado, dónde él mismo había encontrado cavernas boscosas o peñascos de altura con un arbusto soliario en la cima, ahora mostraban un panorama revuelto donde se confundían combates corporales y paisajes físicos. No tuvo ojos para mirar el resto de la estancia. Entonces era eso, pensó, los elementos aprovechaban su ausencia para liberarse de cualquier atadura; el orden real que él tenía en su cuarto no era más verdadero que cualquier adorno fabricado.
El recinto de escritor es un residuo de la era burguesa: la vida privada e íntima como contracara de la vida pública, expuesta a través de los libros. Un autor de la antología describe su lugar, indisociable, cuando se lo lee, de la ramificación de ficheros electrónicos y de las localizaciones conectadas y proliferantes de los enlaces cibernéticos. No algún recoveco encontrado en la realidad física, dice, sino el plasma es su lugar de trabajo:
El deseo de lugar privado es una nostalgia que se tributa a un mundo demasiado físico en su organización. No imagino mi lugar de vida y de trabajo ajeno a la experiencia de velocidad y de interrupción, encuentro ambas cosas en la pantalla; y cuanto más delgada mejor. Mi lugar cuando llego siempre ofrece el mismo paisaje, aunque yo cambie de sitio, o gracias a ello: la pantalla encendida y su diversidad.
Este programa, según el compilador, es falso, demasiado cerebral y práctico; y excluye a primera vista, por lo menos en el discurso, condiciones ambientales y consideraciones ideológicas relacionadas.
El escritor electrónico blande por lo tanto un recinto plano como la pantalla que usa, y por añadidura versátil, movedizo y hasta nómade. Este escritor está constituido por el síndrome del escritor viajero, cuando en realidad no se aleja nunca de la pantalla. Hace mal el antologista en relacionarlo con los escritores vagabundos o linyeras (no trotamundos). El plasmático y el vagabundo poseen diferente régimen de autismo, si cabe la palabra. Está el caso por ejemplo de un escritor boliviano que dejó casi toda su obra inédita y muy probablemente perdida. Solía escribir exclusivamente en los umbrales de las casas, donde se sentaba con sus cuadernos hasta que lo echaban. O el otro linyera por temporadas, en este caso argentino, que buscaba escribir con todo el cuerpo. Estas condiciones extremas se han trastornado en el escritor plasmático; para decirlo con frase hecha, sólo conserva de los vagabundos su alto grado de exposición a la interrupción.
Fuera del lecho o el sofá, otro baluarte del recinto de escritor es la biblioteca. El compilador se refiere a los libros físicos reunidos, los estantes con libros. Hago la aclaración porque más o menos por la mitad de este libro el compilador introduce una digresión. Años atrás participó de uno de esos habituales congresos literarios donde se ofrecen lecturas, los autores intercambian libros y se pegan palmaditas de reencuentro en los hombros cien veces por día. Precisamente, el compilador entregó un libro propio a un colega apreciado, aproximadamente con la siguiente dedicatoria: “Para Fulanito y su biblioteca”. El otro al leerla se quedó pasmado. De inmediato se disculpó aclarando que no tenía biblioteca, que después de leerlos iba depositando los libros en cajas apiladas en el sótano y nunca más los abría. El compilador se sintió incomprendido, lo suyo trascendía los objetos. Para él era un intercambio literario, digamos casi espiritual, y cuando hablaba de “biblioteca” se refería al bagaje de lecturas dinámicas que cada cual lleva en su memoria. Como puede verse, el compilador es también pretencioso o le gusta ser el de la réplica última. De ahpi viene en cualquier caso su opinión de que la biblioteca es más bien metafórica. Por eso prefiere referirse a estantes con libros.
Sin embargo, hay muchos autores que aman sus estantes con libros como si fueran su biblioteca, y como si allí no hubiera un solo título fuera de lugar y cada uno fuese decisivo. En la biblioteca del recinto todo es cierto y nada está de más; el desorden significa, así como el orden. El compilador se siente tentado a proponer un subagrupamiento sólido, como lo llama: los autores que prefieren fotografiarse flanqueados por su estantes con libros y los que prefieren otro paisaje. Pero apenas desarrolla la idea lo distrae un recuerdo y suspende el argumento. Nos cuenta que el portero del edificio donde vive, un señor que orilla los sesenta años, imagina las tertulias de escritores como reuniones de a dos, nunca más gente, en un recinto caldeado por el fuego apacible de un leño encendido en el hogar y con paredes invadidas de libros. Por supuesto, los dos autores tienen a mano vasos con el trago y los instrumentos personales para fumar. Esto lleva a pensar al compilador cuán atrasadas están las ideas sobre los recintos de escritores. Y en esta anécdota inofensiva encuentra nuevos argumentos, desde mi punto de vista equivocados, para justificar su empresa, dejando sin embargo los estantes de libros a la espera de más detalladas explicaciones.
Otra cuestión que vale la pena señalar son las continuas y profusas interrogaciones que le motivan al compilador los recintos austeros. Espacios por lo general vacíos, con sólo lo imprescindible para trabajar: un escritorio y una silla; a veces sólo un escritorio o solo una silla. Las paredes limpias, casi siempre pintadas de algún blanco. El compilador se pregunta por el cuidado casi conventual de estos lugares, que no obstante en su exceso de luz y racionalidad desmienten cualquier inclinación franciscana; vendría a ser un orden muy poco discreto y bastante ostentoso, la escasez como rasgo de abundancia. Según mi opinión no le falta razón; y sin embargo, como tantas otras de este libro, me parece una conclusión bien poco importante.
¿Acaso es meritorio descubrir una contradicción? ¿Ilumina esto en algo lo que pensamos de este tipo de escritores? ¿O de cualquier otro tipo? O incluso más: ¿modifica esto la manera como los leemos? El compilador recuerda la foto del autor europeo montado en su bicicleta dentro de un inmaculado estudio. Durante varios años guardó esa imagen de periódico. Hasta que un día se deslizó de la pared donde la tenía pegada y al llegar al piso mostró el reverso de la página. Allí estaba la vieja noticia de otro escritor, casi ignoto, que había decidido acabar con su vida recostado sobre el vidrio del propio escritorio, se trataba de su recinto, el lugar donde había trabajado con esfuerzo desparejo, más infructuoso que promisorio, casi toda la vida.
Hablando de austeridad, vale destacar la curiosa presencia de los escenarios de escritores eremitas. Quizá por su condición extremadamente solitaria, pese a su buen número es como si no estuvieran, o como si formaran una comunidad aislada y casi invisible. Ellos tienen sus normas individuales, sus guiños y prácticas comunes, aunque evidentemente carezcan de cualquier comunicación recíproca. En esta categoría entran los recintos constituidos en buhardillas, altillos, miradores, cúpulas, minaretes, sótanos, cavernas, chozas incrustadas en la naturaleza o piezas de pensión. Según el compilador, es un error pensar que el escritor ermitaño expresa su eventual misantropía a través del recinto, o de su representación.
Al terminar este libro queda flotando la pregunta sobre su utilidad. No es la mejor pregunta que se puede hacer, es cierto. El compilador dedicó a este libro mucho tiempo; y también le dedicó su inocultable vocación coleccionista. Ahí nos asomamos, quizá, a la pequeña enseñanza, buena o mala, no sé, de esta obra: el recinto representado tiene el valor de la miniatura. Es una habitación diminuta de esas que se ven armadas en las jugueterías para imaginación de grandes y chicos. Lugares en los que nadie cabe pero que hablan de una existencia. Supongo que el compilador se habrá sentido atraído por el poder irradiador de estos espacios de escritores, que dicen cosas inconexas, es verdad, o desactualizadas, pero enuncian por lo menos una realidad portable y transmisible cuando para muchos las mismas obras de los autores suelen callar porque no hablan o porque parecen incompletas.
Roberto Arlt: El jorobadito, Anaconda, Buenos Aires, 1933. José Barroeta: Todos han muerto, Candaya, Barcelona, 2006. Arturo Borda: El loco, Honorable Municipalidad de La Paz, La Paz, 1966. Lydia Davis: Samuel Johnson Is Indignant, Picador, Nueva York, 2002. Alberto Laiseca: Aventuras de un novelista atonal, Sudamericana, Buenos Aires, 1982. Mario Levrero: Dejen todo en mis manos, Caballo de Troya, Barcelona, 2007. Juan José Saer: La mayor, CEAL, Buenos Aires, 1982. Néstor Sánchez: La condición efímera, Sudamericana, Buenos Aires, 1988.