07/02/08

La pesadilla

Ensayo sobre la vida afuera


Historia

Es el año 1933 y el mexicano Salvador Novo, en su primera visita a Buenos Aires, pasea con un recluta, un colimba a quien ha conocido el día anterior, apenas arribado a la ciudad desde Montevideo. Es de noche, Novo sugiere ir al biógrafo, como dice, pero el soldado propone el teatro: quiere ver de nuevo, porque ya lo ha visto, un sainete llamado Don Chicho. Novo pregunta por qué no el cine. La respuesta de el soldado, llamado Victorio, es terminante: “Me duermo”, dice. Novo, también viajero lingüístico, traduce: eso significa que las películas lo aburren. Se detiene en la explicación y comenta, con un dejo de curiosidad, la tendencia de Victorio a resumir en una palabra circunstancias que normalmente demandarían una frase. (La semana previa había tenido en Montevideo una experiencia parecida, aunque menos radical: al preguntarle a un lustrabotas si podían encontrarse en la ciudad calles más bonitas que esas cuatro de la Plaza Constitución, el hombre se había quedado mirándolo para contestar después de un momento con un breve “No sé”. )

El criterio sintético del habla argentina, que parece obrar por elipsis gráficas antes que por concatenaciones verbales, llama la atención de los extranjeros. La experiencia de Novo muestra que no es un fenómeno reciente. Sin embargo tampoco pasa desapercibida para los argentinos, en especial cuando, en el extranjero, se encuentran frente a otro tipo de castellano oral.

Para mi, la proliferación verbal en el habla cotidiana de otros países latinoamericanos fue una continua revelación; y me sirvió también como afirmación del típico laconismo argentino, basado en la rutina (cuando no en el desinterés, la simpleza o la desconfianza). Alguna vez, en Venezuela, con un amigo dedicamos un rato a revisar esas diferencias. ¿Los hablantes del norte de Sudamérica tienen un mayor contacto con la naturaleza, o con el medio rural (aunque no campesino: los campesinos no hablan), y eso los hace hablar más elocuente o “barroco”? En México o en Ecuador: ¿Pueden las reglas de cortesía ser consistentes hasta el punto de verificarse la profusión verbal como una cristalización de ellas? No llegamos a conclusiones, en especial porque la conversación derivaba cada vez más hacia las ausencias de la parte de lengua que nos toca, como si el habla de todos los pueblos fuera todo lo que la lengua argentina no es.

Antes de cumplir con las obligaciones de funcionario mexicano y presentarse a sus jefes, el día anterior Novo, exponiendo su moderna sensibilidad urbana, ha querido extraviarse por la ciudad. Explica entonces con soltura andariega: Diagonal Norte desorienta tanto como la calle Broadway de Nueva York o como la Market Street de San Francisco, etc. Antes tales blasones obviamente consigue extraviarse, y se acerca desorientado a un policía para preguntar por la calle Florida. El policía resulta ser Victorio, el soldado, quien se ofrece de guía. Este típico muchacho porteño que vive en un conventillo con su hermanita costurera, revela a Novo la ciudad que sus amigos Ricardo Molinari, Pedro Henríquez Ureña y otras distinguidas figuras quizá nunca le mostrarían. Faltan varios días para que Novo tenga un agitado y arduo encuentro con Federico García Lorca en el hotel Castelar de Avenida de Mayo, pero ya Victorio es la figura clandestina, arrabalera, que anticipa y convalida ese affaire. Como si Buenos Aires tuviera diversas aguas donde beber y fuera recomendable no romper ningún equilibrio. Novo viene a ser el visitante culto a quien la cultura letrada ya no basta, como registro social ni como inclinación intelectual.

Conscriptos. Pocos años después del regreso a Europa y en el clímax de su nostalgia argentina, Gombrowicz pedía a sus amigos que le mandaran recortes de diarios y postales de las calles céntricas. Si aparecían conscriptos, mejor. Y si los conscriptos pertenecían a vistas de la zona de Retiro, muchísimo mejor. Era el momento de la consagración internacional de Gombrowicz y hacía bastante poco que había descartado regresar a la Argentina, aunque todavía no lo había informado a quienes se ilusionaban con su vuelta. La administración de su fama, como la llamaba, le insumía cada vez más esfuerzos. Sin embargo durante unos meses se le ocurrió ponerse a organizar la vuelta (quería saber el costo de los alquileres, los mejores sitios para vivir, etc.) e imaginó que cuando llegara a la Argentina sería, por rebote de su éxito fulminante y mundial, “una mezcla de Ricardo Rojas y Goethe”. Es reveladora esta combinación de cultura oficial local y cultura oficial universal, no tanto porque Gombrowicz se haya imaginado plausiblemente representado por ese dúo, cosa improbable, sino porque aparece el viejo diagnóstico suyo sobre la cultura argentina, ahora expuesto como fantasía propia o broma privada. La hipérbole, o sea, su trayectoria triunfante, ha alcanzado el bastión más elevado, ni más ni menos que el escenario de consagración en Europa. No obstante algo queda sin encajar, es el punto nacionalista: Rojas organizando la tradición letrada y las leyendas mágicas, Goethe por su lado fijando una sensibilidad literaria, frente a este Gombrowicz imaginario, extrapolado en Argentina como el hijo pródigo polaco que fue desde 1964.

Pese a los pocos días de estadía porteña, Novo es una anticipación fanática de Gombrowicz: trama recorridos urbanos con Victorio pero también con Henríquez Ureña, se encierra con García Lorca en el Castelar, abandona tertulias literarias, publica un libro privado (Seamen Rhymes), encuentra un comité de amigas que lo cuidan. Hay una trama de la nostalgia, cuando rememora su estancia, y un paisaje de sátira, cuando por ejemplo imita la lengua local de Victorio y la andaluza de García Lorca.

Ambos, Novo y Gombrowicz, ponen en escena una sensibilidad jerárquica de la cultura, aunque sea en parte para negarla. De Gombrowicz conocemos varios ejemplos; por su parte Novo sugiere, cuando aún no bajó del barco que lo trae de Montevideo, lleno de ilusión y temor ante el arribo a la tan ilustre ciudad de Buenos Aires; sugiere que si no está precedido por libros de éxito, es malo para un escritor extranjero visitar la Argentina. Advertencia que Gombrowicz comprobaría seis años después.

Materia

Quise comenzar por estos comentarios para testimoniar una experiencia: en la madeja de evocaciones y recuerdos distanciados de quien vive fuera de su país, las versiones que los extranjeros construyen sobre éste poseen una capacidad persuasiva particular. No nos convencen de algo definido, sin embargo; más bien despiertan en nosotros un clima de camaradería y frustración: estamos a mitad de camino entre ellos y los, digamos, residentes. Somos los visitantes que al llegar a nuestra comarca registramos el paisaje archiconocido, pero siempre desordenado hasta cuando nos acostumbremos de nuevo. Esas lagunas de tiempo traducidas como elipsis físicas convierten cada visita en una actualización espontánea; es el procedimiento de la lectura salteada. Las largas novelas del siglo xix, con su organización previsible, cuyos paréntesis ambientales invitaban a ganar tiempo pasando páginas, son el modelo más evidente. Puede ser también como la organización de los sueños, hechos desbocados que se ordenan según un mecanismo inevitable: después del largo viaje aterrizamos en ese país nuestro que nos parece inmediatamente extranjero.

Hay un relato que combina lectura y sueño, El uruguayo de Copi. El procedimiento es tachar lo que se ha leído, quizá como una forma de cancelar toda posibilidad de elipsis y, con ello, cualquier reconocimiento eventual. El viajero no querrá atar cabos ni establecer relaciones; se propone eliminar los recuerdos y usar solamente herramientas civiles que son desinencias escolares. La tarea misma de tachar es propia de la escuela, sería la antesala de la literatura (en la literatura se destruye, ya no se tacha). Ese relato a medias inconexo, con cartas dirigidas al Maestro, atiende a las impresiones espontáneas del visitante que, por añadidura, debe restituir la experiencia de los uruguayos: los residentes esperan del narrador visitante que les notifique las novedades ocurridas desde la anterior visita. Así, por ejemplo, debe anunciar “a usted se le ha caído el pelo”, o “usted perdió a su marido”. El visitante permite a los propios residentes asumir su experiencia, congelada mientras no él estuvo, y de hecho organiza también la realidad física: el Uruguay se reduce o se expande según el movimiento de sus habitantes, que siguen al visitante, etc. Cada nueva carta dirigida al Maestro actúa como un compás de espera de próximas definiciones, pero como el destino del texto es la tachadura, y por lo tanto lo referido es secundario, el país adquiere la organización caprichosa de los sueños.

El uruguayo es el primer relato de Copi, y La internacional argentina, el último; ambos se escribieron para evocar el exilio. Copi es quizá el único que mantuvo una línea, digamos, literaria, cuando se trató de representar al país como una prolongada pesadilla que sobrepasa el territorio físico y la vida concreta de las personas nativas. La cultura militar, la iglesia, la clase media ilustrada, los desaparecidos, los exiliados, los políticos, los artistas, etc., son vehículos de proliferación cultural, signos de una civilización imperfecta que tuvo la mala suerte de nacer y desde cuyo confín austral no llega, para desgracia de su orgullo, ni a salpicar al mundo con su idiosincrasia.

También vale mencionar el último libro de Saer. Obra culminante y vacilante al mismo tiempo, La grande tiene todo para ser leída como una escrupulosa despedida de la naturaleza y del mundo. Saer ensayó durante cuatro décadas la descripción de lo mismo dentro de lo igual; pero la última novela no intenta problematizar el sentido de la propia memoria, como ocurría hasta ahora en los libros anteriores, sino que se aviene a sus mandatos y así, digamos, confía sosegadamente en la evocación de los personajes. La novela dice que la recuperación del pasado es imposible; quien se ha ido, cuando regresa, más que reencontrar el paisaje, siempre incierto, que lo rodeó años atrás y se mantiene sin cambios a su vuelta, busca la lealtad de los sentimientos o de las emociones en tanto son la única garantía de continuidad subjetiva. La naturaleza sólo habla de sí misma, y la memoria se ordena según la importancia o cualidad de los hechos. Ambas se apartan de lo acostumbrado: en Saer siempre había que desconfiar de ambas (memoria y naturaleza), aunque la desconfianza fuese al fin de cuentas una forma de síntesis, de modelo retórico. En cambio, ahora con La grande memoria y naturaleza adoptan el tranquilo tiempo de la remembranza y la contemplación. La figura es el recuento, esa variable mental de la enumeración. No es fácil separar la mirada amarga con que se representa haber vivido en el extranjero, de la disposición melancólica con que el narrador tiende a describir la naturaleza. Como si cada persona estuviera exiliada de su propio país, que es el de la infancia (esta es una tesis acostumbrada en Saer), pero como si ahora el relato pudiera restituir la verdad (plenitud, estupor, o alguna otra cosa) guardada en el recuerdo. Este quizá sea el hecho sorpresivo de La grande, el intento de sintetizar experiencia y subjetividad. Ello evidentemente contiene un mensaje alegórico sobre el exilio, circunscribe el campo de representación de este tipo de experiencias y propone una hipótesis sobre su condición, de algún modo evasiva y fatal.

Actualidad

Tratándose de evasiones, voy a hablar sobre mi experiencia relacionada con el presunto tema de la reunión. En su momento, hace bastante tiempo, tenía un fuerte deseo, incluso necesidad, de irme, de vivir fuera de la Argentina, cuando providencialmente recibí la propuesta de trabajar en Venezuela. No lo pensé demasiado: cualquier lugar era bueno; y ese resultó particularmente propicio. Venezuela es un país fantástico (no lo digo en el sentido macondiano de la palabra, sino directo, a lo sumo irónico). Porque fue como llegar a la Argentina de la década siguiente; Venezuela fue la promesa, más bien la premonición, que se me concedía observar. Desde otro punto de vista, tuve el privilegio de no ir a ninguno de los países centrales, porque el contraste que en mi caso se produjo con la Argentina no estuvo dominado por la variable “desarrollo / progreso / abundancia” y sus antítesis, sino por la modulación: Venezuela era menos y más de lo mismo (un poco peor, menos malo, más amigable, apenas distinto u otras definiciones imprecisas), era un país diferente dentro de lo parecido; para usar una metáfora lingüística, no había distancia idiomática, sino sólo dialectal.

Esta especie de lejanía inútil hizo que el vínculo mío con la Argentina se mantuviera firme, pero a la vez no atravesado por la nostalgia, y que al mismo tiempo fuera difuso, porque no sentía haberme ido demasiado lejos. Ahora pienso y aquello que en un principio me resultaba novedoso y propio de Venezuela, exhibía en realidad el color de lo conocido; y si esto no es demasiado elocuente agregaría que mi sorpresa inicial se debía más bien a un sentimiento de reencuentro, como si hubiese retornado al país propio después de una estadía incompleta en la Argentina. Pero claro, tampoco precisaba engañarme. Por lo tanto vivir en Venezuela fue para mí estar en los dos países, y en ninguno a la vez. Esa indecisión fue clave para mi manera de entender mis propios libros (de los que me propongo en general que pueda decirse muy poco).

Y debido a ello es que cuando salí de Venezuela, hace un año, la sensación fue la de dejar la Argentina por segunda vez. O incluso más, sentí que dejaba la Argentina de un modo mayor o radical. No creo que esto se deba solamente al nuevo entorno lingüístico. Más bien obedece a esa especie de actualización del pasado a que nos sometemos cuando cambiamos de sitio; o sea, otro tipo de lectura salteada. La Argentina me enviaba nuevas señales, distintas y desde otro lugar, para no mencionar las señales propiamente argentinas que encontraba aquí, en Estados Unidos, mucho más nítidas que las presentes en Venezuela en la medida en que, como dije, se confundían con el propio país.

Futuro

En la ya prolongada vida en el extranjero adopté la costumbre de citar dos frases; son como muletillas de las conversaciones que a fuerza de repetirlas han perdido, para mí, su dosis de revelación. Y sin embargo sigo aferrado a ellas porque a veces me consuelan, otras me disculpan y en general me sirven para cambiar de tema (quien vive en el extranjero sufre o goza de la necesidad constante de cambiar de tema). La frase de Flaubert pertenece a una de las cartas en las que justifica su viaje a Egipto: “¿Dónde si no en el extranjero lo propio se convierte en cierto y determinante?”; la de Leonardo Siascia figura en una crónica siciliana, en boca de un viejo emigrado: “Quien ha cometido el error de irse, no puede cometer el error de volver”.

Creo que quienes vivimos fuera estamos entre los dos motivos dibujados por ambas frases: entre el espíritu moderno del turista o visitante, que busca lo distinto como interiorización o confirmación de lo propio; y el sentimiento trágico de haber dado un paso que, para ser corregido, requiere de una nueva equivocación. En especial los intelectuales pueden navegar entre los dos estadios, o preguntas; la casi absoluta mayoría de los emigrados carece de opción. Ambas frases dibujan también un sentido divergente de nostalgia. Una es celebratoria, la otra es condenatoria; una describe la curiosidad de los sueños o las fantasías, la otra se adapta a la gramática de la pesadilla. Y entre esas aguas estamos.