Pensar en otra cosa
Hoy asistimos a un doble anacronismo: celebramos la aparición de un libro póstumo, o sea de alguien que ya no está, y bautizamos una obra dispersa que fue escrita durante largo tiempo y que por el sólo efecto de la voluntad de algunos amigos y de los seres queridos de Salvador Garmendia se concentra ahora en un determinado tiempo y determinado lugar. Siempre la literatura ha significado otro tiempo, aunque se trate de libros referidos a la actualidad o a la misma escritura que en ese momento se va mostrando; y si no significara otro tiempo no habría demasiado para contar, porque el presente carece, por lo general, de consistencia. Creo que la obra de Garmendia es muy adecuada para reflexionar sobre el tiempo; y en especial este libro, que por un lado condensa un período inverificable (el número de momentos unitarios en los que se sentaba a redactar estas columnas), y que por otro consiste en un tiempo recobrado, el de la memoria personal y el de la memoria de la comunidad, que sin embargo se presenta en su estado más quimérico, resistente a mostrar su verdadero significado.
Hay una respuesta arquetípica de Garmendia. Cuando se le pregunta cómo hace para escribir los diálogos de las telenovelas sin perder los hilos argumentales, responde que le resulta muy sencillo, que no hace más que “pensar en otra cosa”. ¿Qué significa para un escritor pensar en otra cosa? ¿Pensaba en segundos significados o intenciones indirectas, o sólo estaba distraído, tecleando frente a la máquina como si se tratara de una actividad automática? Propongo que tomemos esa respuesta como emblema literario, aunque probablemente en su momento no fuera más que una humorada o una disculpa. En Garmendia siempre hay “otra cosa” que lucha por abrirse paso entre las palabras. A veces puede ser el sentido último del pasado, la fuerza indetenible del deseo o la triste sabiduría de la resignación; es como la mirada de alguien que conoce la minucia de todo, pero no entiende; o más bien, que entiende pero ignora la utilidad práctica de esa comprensión.
Pese a la estrecha relación entre habla y escritura, y más precisamente entre visiones de la realidad y formas de la literatura que predican sus libros, en el mundo de Garmendia las cosas son reales y más verdaderas cuando alcanzan una segunda naturaleza y se las percibe a través de sus consecuencias, como signos de una materia que sin ellos sería poca cosa. Así, la ópera es más apreciable y tangible cuando se escucha a través de discos, el béisbol más emocionante cuando se lo sigue por radio, los lugares físicos más contundentes cuando han desaparecido y quedan las ruinas como señales aisladas de su antigua presencia. La realidad se hace legible a través de los signos de la cultura y del “progreso”, que le agregan espesor y al mismo tiempo la hacen dolorosamente definitiva.
Según Angel Rama, la generación de Garmendia significa una ruptura en la literatura venezolana: las letras de la tradición liberal y los motivos de la aristocracia intelectual pasan a un segundo plano frente a las obras de escritores provenientes del interior, que eligen representar otro tipo de experiencias y asumen nuevas formas de modernización literaria. Fue un paralelo al rápido crecimiento urbano de Venezuela, que incorporó incluso sus motivos (de paso recordemos que, según su propio relato, Garmendia se constituye como intelectual gracias a su primer carro). Desde ese cambio urbano la ciudad venezolana está instalada en la literatura como un organismo truculento, fuente de plenitud y peligro a la vez (y, diría como paréntesis, los escritores venezolanos no han logrado superar esa versión urbana). Hoy podemos leer a Garmendia como un brillante y privilegiado cronista de aquel proceso, pero es cierto que eso puede decirse de muchos escritores.
No obstante, creo que este libro casual –casual en la medida en que dibuja una autobiografía escrita de modo disperso y fragmentario–, se revela como obra mayor por lo que dice a medias o por lo que calla con pudor; me refiero a esa “otra cosa” que ocupaba la mente del narrador. Leemos estos fragmentos de memorias, relatos del pasado tramados por el recuerdo, testimonios indulgentes, y detrás de las normas cotidianas para ser publicados en el periódico suponemos que hay un precio, digamos, moral. Es el libro de un pesimista que supo ser extranjero en su propia comunidad para representarla de modo verdadero. Aquí no vamos a encontrar la reminiscencia amable del memorioso o la indignación semanal del polemista, sino la melancolía de quien entendió que debía apartarse del país si quería traducir por escrito aquello propio que se le revelaba.
Esta relación entre subjetividad y compromiso no es caprichosa, y trasciende por otra parte las habituales figuras de escritor, tramadas por la ideología política o por la afirmación estética. Es como un deseo de comunión con el tiempo y el entorno sin permitir la intervención de los géneros de la literatura. Quizá de ahí venga la conocida decepción de Garmendia frente a la novela y su entusiasmo frente al cuento. Es el defecto del “escenario”, del formato, que como mediador verbal condiciona el éxito de la representación, porque resulta un elemento ajeno que amenaza a esa suerte de lazo infructuoso entre escritor y mundo que Garmendia ejercía en silencio –pero ejemplarmente con sencillez e ironía al mismo tiempo.
(Leído en el bautizo del libro de Salvador Garmendia: El gran miedo. Vida(s) y escritura(s), La Nave Va, Caracas, 2004, 437 páginas, que se efectuó el 27 de marzo de 2004 en el Celarg, Caracas.)