Apuntes sobre una novela sin publicar
Se trata de un ser medio errabundo a quien la suma de sus imposibilidades, de todo tipo, lo ha instalado en la paradoja de suponer que la única decisión de su vida ha sido electiva. Esa decisión fue temprana y consiste en dar largos paseos caminando. Por repetida, y también debido a su temperamento insubordinado y pesimista, es una actividad que se ha ido vaciando de significado. Pero carece de opciones y debe continuar, eso lo sabe desde hace mucho. Las caminatas, que siempre emprende con ansiedad y energía juveniles, como en sus viejas épocas, un rato después de iniciadas se convierten en experiencias confusas, previsibles y agotadoras. En esta novela sin publicar lo encontraremos haciendo el recuento de una de sus caminatas, cuando faltaba poco para que cumpliera años.
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Alguien lee el libro de un amigo y se le ocurre una idea: escribir sobre el mismo tema. Esa idea viene respaldada por otro motivo: hay un tercer amigo que también ha escrito sobre la cuestión. Entonces comienza su relato, ubicado en un país más o menos lejano. Como es una persona transparente, reconoce el origen prestado del tema. Pero como también es un poco tímido, o distraído, a lo largo de las páginas acaso sin darse cuenta olvida la premisa inicial, el tema, y su relato deriva hacia otras cuestiones. Sólo acercándose al final vuelve sobre ese punto, para descartarlo una y otra vez. Termina prefiriendo aludir de modo oblicuo a los dos amigos que le han prestado el tema, como si de ese modo pudiera retribuir el préstamo.
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Una persona advierte que en un momento del pasado su sensibilidad ha cambiado. Desde entonces ve las cosas de otra manera. Al principio, en la época de las primeras señales, pensó que ciertas novedades tecnológicas podían servir para describir lo que le estaba ocurriendo. Pero al poco tiempo encuentra que esos fenómenos han impregnado su sensibilidad, incluso más, que la han colonizado. Desde entonces se siente condenado, porque esa sensibilidad prestada lo domina por completo. La vida mientras tanto ha avanzado, o sea, los años, y por lo tanto una de las pocas esperanzas que le quedan es esperar que una nueva tecnología, con su onda de reorganización generalizada de la realidad y los sentimientos, corrija los tics impuestos por la dominante. Pero tampoco se hace demasiadas ilusiones y se consuela pensando que por lo menos ha asistido a una época que desde el futuro, o desde el pasado, puede ser vista como de cambios profundos.
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Es una persona que, si bien suele escribir sus pensamientos, se regocija y encuentra fuerzas en lo que llama “ideas no escritas”. Son una especie de reservorio oculto, incluso para sí mismo, porque ese carácter de “no escrito” implica que son ideas no formuladas. De hecho esta noción de reserva conceptual inexplorada forma parte de su bagaje más secreto, o sea, jamás se refiere a ella ni la menciona cuando acude en su auxilio en los momentos de zozobra narrativa, por otra parte cada vez más frecuentes. Esta actitud tiene como principal efecto una inconsistencia: es una voz que predica el fin de cualquier entusiasmo pero a la vez está empujada por una fuerza inconstante que la somete esporádicamente a un régimen de aceleración. El primer desconcertado cuando llegan estos momentos es él mismo, quien duda entre el abandono (el ralenti acostumbrado) o la pasividad (una pasajera aquiescencia frente a ese nuevo viento).
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Una persona se plantea ideas generales sobre la vida social y el pasado. Cree que su sensibilidad proviene de emblemas inexistentes, que regían en la televisión, el cine y demás medios varios años atrás. Si busca generalizar, puede decir que esas representaciones de la diferencia social (tramada según pares no exactamente simétricos: riqueza - escasez; integración - marginalidad; alegría - infelicidad; despreocupación - culpa, con una sola excepción: desparpajo - vergüenza), que organizaron la experiencia concreta de la vida, naufragaron a merced de sucesivas olas de generalización del consumo. Teje entonces sus añoranzas de un mundo más humano, o en todo caso menos inclemente, en la medida en que el desamparado estaba representado, ya sea como objeto de la caridad o el cambio, o como desgraciada alternativa vital. El pobre era un igual, solo que con mala suerte, incluso en el que caso de que hubiera sido víctima. Ese sistema modeló su forma de ver la diferencia, y debido a ello sólo siente compasión por quienes se parecen a él y cuyo lugar podría estar ocupando. Siente culpa por eso, pero se consuela pensando que por lo menos guarda sentimientos respecto de esta cuestión.
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Alguien lee el libro de un amigo y se le ocurre una idea: escribir sobre el mismo tema. Esa idea viene respaldada por otro motivo: hay un tercer amigo que también ha escrito sobre la cuestión. Entonces comienza su relato, ubicado en un país más o menos lejano. Como es una persona transparente, reconoce el origen prestado del tema. Pero como también es un poco tímido, o distraído, a lo largo de las páginas acaso sin darse cuenta olvida la premisa inicial, el tema, y su relato deriva hacia otras cuestiones. Sólo acercándose al final vuelve sobre ese punto, para descartarlo una y otra vez. Termina prefiriendo aludir de modo oblicuo a los dos amigos que le han prestado el tema, como si de ese modo pudiera retribuir el préstamo.
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Una persona advierte que en un momento del pasado su sensibilidad ha cambiado. Desde entonces ve las cosas de otra manera. Al principio, en la época de las primeras señales, pensó que ciertas novedades tecnológicas podían servir para describir lo que le estaba ocurriendo. Pero al poco tiempo encuentra que esos fenómenos han impregnado su sensibilidad, incluso más, que la han colonizado. Desde entonces se siente condenado, porque esa sensibilidad prestada lo domina por completo. La vida mientras tanto ha avanzado, o sea, los años, y por lo tanto una de las pocas esperanzas que le quedan es esperar que una nueva tecnología, con su onda de reorganización generalizada de la realidad y los sentimientos, corrija los tics impuestos por la dominante. Pero tampoco se hace demasiadas ilusiones y se consuela pensando que por lo menos ha asistido a una época que desde el futuro, o desde el pasado, puede ser vista como de cambios profundos.
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Es una persona que, si bien suele escribir sus pensamientos, se regocija y encuentra fuerzas en lo que llama “ideas no escritas”. Son una especie de reservorio oculto, incluso para sí mismo, porque ese carácter de “no escrito” implica que son ideas no formuladas. De hecho esta noción de reserva conceptual inexplorada forma parte de su bagaje más secreto, o sea, jamás se refiere a ella ni la menciona cuando acude en su auxilio en los momentos de zozobra narrativa, por otra parte cada vez más frecuentes. Esta actitud tiene como principal efecto una inconsistencia: es una voz que predica el fin de cualquier entusiasmo pero a la vez está empujada por una fuerza inconstante que la somete esporádicamente a un régimen de aceleración. El primer desconcertado cuando llegan estos momentos es él mismo, quien duda entre el abandono (el ralenti acostumbrado) o la pasividad (una pasajera aquiescencia frente a ese nuevo viento).
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Una persona se plantea ideas generales sobre la vida social y el pasado. Cree que su sensibilidad proviene de emblemas inexistentes, que regían en la televisión, el cine y demás medios varios años atrás. Si busca generalizar, puede decir que esas representaciones de la diferencia social (tramada según pares no exactamente simétricos: riqueza - escasez; integración - marginalidad; alegría - infelicidad; despreocupación - culpa, con una sola excepción: desparpajo - vergüenza), que organizaron la experiencia concreta de la vida, naufragaron a merced de sucesivas olas de generalización del consumo. Teje entonces sus añoranzas de un mundo más humano, o en todo caso menos inclemente, en la medida en que el desamparado estaba representado, ya sea como objeto de la caridad o el cambio, o como desgraciada alternativa vital. El pobre era un igual, solo que con mala suerte, incluso en el que caso de que hubiera sido víctima. Ese sistema modeló su forma de ver la diferencia, y debido a ello sólo siente compasión por quienes se parecen a él y cuyo lugar podría estar ocupando. Siente culpa por eso, pero se consuela pensando que por lo menos guarda sentimientos respecto de esta cuestión.