El baile de las máquinas
Sobre Fogwill: En otro orden de cosas, Mondadori, Barcelona, 2002.
Podría decirse que el reciente libro de Rodolfo Fogwill termina como empieza (o cuando empieza): en ambos casos se trata de un pensamiento simple, esas divagaciones que pueden tener su carga de verdad, pero que fluyen desde la asociación casual de una mente más distraída que prevenida. Narración anfibia, En otro orden de cosas expresa sus ideas de modo muy poco enfático; para ello se sostiene en diversos hechos considerados relevantes (documentales) y anecdóticos (providenciales) al mismo tiempo. Son dos esferas solidarias porque precisan la dosis de verdad (historia) y de artificio (invención) que existe en toda obra que se presente como crónica personal. Precisamente, como anticipo de sus límites y posibilidades, la novela comienza con un diálogo menor sobre los estatutos de la verdad y de la mentira frente al orden de las palabras y el de las acciones: está Perón a través de sus máximas de filosofía doméstica, está la película Titanic como símbolo de falsificación. A lo largo del libro hay cosas que en el plano de los argumentos y en el de los hechos no cierran del todo (no tendrían porqué hacerlo); y estos desvíos en la cronología y el espacio son otra de las formas que Fogwill elige para diluir la clasificación anual que organiza el relato. Porque los doce años (1971-1982), relevados con una atenta dosificación de minucia y elipsis, se recuestan sobre el pasado de entonces y perduran hacia su futuro, los 80 y 90; son años de mentira y a la vez años de verdad, de la misma manera como respecto de una miniatura puede serlo un modelo real.
En esta trama difusa de procesos ciertos y hechos hiperbólicos el lector reconocerá, con claves más o menos verificables, algunos sucesos que pertenecen al pasado argentino. Son acciones que sin embargo están narradas de manera crepuscular, como si el escenario fuera una comunidad extinguida. Al mismo tiempo, el relato crea sus emblemas y sus propias miniaturas, situaciones en las que es posible rastrear la accidentada (perforada) continuidad que Fogwill postula entre historia y representación literaria.
Como es de conocimiento público, la literatura de Fogwill siempre ha tenido una debilidad especial por las máquinas. Las maquinarias, los procesos maquínicos, los artefactos mecánicos, los mecanismos; y en general, las maquinaciones y los mecanismos sociales. Una inclinación que en esta novela se muestra de manera todavía más vehemente. La realidad no se expresa solo a través de los mecanismos, pero es un hecho que éstas median entre los individuos, y también hacia la naturaleza, traduciendo una cantidad de sucesos y de significados que, sin ellos, no encontrarían su propio lenguaje ni, en última instancia, una organización verbal en forma de literatura. También están esas máquinas inmateriales que son las organizaciones jerárquicas (compañías corporativas, ejércitos, familias, sociedades políticas y conspirativas), cuyo poder no reside tanto en la fortaleza relativa como en su capacidad de proliferación infinita. Es curiosa en esta novela la densidad histórica de la representación, levemente paranoide y levemente conspirativa. Así, la lógica reproductiva de las maquinarias postula una ecuación que relaciona individuo y sistema: los personajes son portadores de subjetividad cuando logran acoplarse a un mecanismo, ya sea concreto o inmaterial, incluso sus sentimientos se describen según la física de los fluidos o de los gases. Obviamente, este conjunto de rasgos remiten a algunos de los requisitos narrativos de Roberto Arlt.
Desde los años 50 la herencia de Arlt ha sobrevolado como un fantasma incómodo. Cada tanto aparecen nuevos candidatos a asumirla, para lo cual intentan con diversa fortuna actualizar el catálogo de temas arltianos. No es una herencia impracticable como la de Borges ni devaluada como la de Cortázar, pero es un patrimonio vivo, disponible y por eso mismo sumamente difícil de reeditar, en gran medida porque allí no reside un sistema (mecanismo) sino por sobre todo una actitud literaria frente a la realidad. Junto con los mecanismos, viendo los héroes incompletos de Fogwill, tortuosos aunque enemigos de la vacilación, transgresores y a la vez obsecuentes, en todo caso propicios para interpretar (proponer) una realidad política similarmente intrincada, uno tiene la impresión de que en cierto momento entre ellos y los personajes de Arlt se ha producido una sorpresiva sintonía.
En otro orden... oscila entre la educación sentimental de la juventud setentista y la reconstrucción histórica de los años 70. Hay una memoria selectiva que no se deja ganar por el testimonio, y esta memoria selectiva adopta la forma de una narración compleja. En esta novela de Fogwill hay una forma muy angustiante de hablar de la historia, como si hubiera elegido mantener un grado cero de ironía, lo que hace más compleja su arquitectura y contradictoria su intención. A la vez, como modelos, educación sentimental y reconstrucción histórica son maneras en las que Fogwill se apoya para producir una serie de sentidos desplazados. La novedad de la lectura social o histórica que podemos hacer de esta novela no proviene de sus temas (literatura testimonial), sino de su composición como relato cronológico que, fluctuando entre la síntesis y la expansión, recurre alternativamente a la concentración de contenidos, tiempos discontinuos y reiteración de motivos. En tal sentido, como comentario final diría que esta novela representa adicionalmente un claro mentís a los arcaizantes detractores de la literatura "morosa" (como la denominan), en tanto no desdeña la complejidad de la forma como ingrediente de una eventual valoración política o interpretación histórica; incluso, por añadidura, muestra que la idea de imponer cánones de representación pertenece más al campo de los disciplinamientos que al terreno de los debates.
Nota aparecida en el suplemento cultural de Clarín, 16 de marzo de 2002.