01/01/09

La parte por el todo

Alegato oriental


Un fantasma acompaña al paisaje argentino, es la promesa de su reverso y la negación de su posibilidad. Un fantasma obediente que no deja de cumplir lo que promete, aunque siempre lo haga de manera parcial. Su presencia se conjuga en subjuntivo: es lo que pudo haber sido pero no es; es como si fuera; existe para que se vea como lo que sólo en cierta forma es. Esta metáfora elusiva que tiene la fuerza de una localización ideológica tuvo una de sus primeras apariciones en esos versos de José Mármol cuando el Peregrino compara las dos costas del Plata; rojo y sombras en una, luz y verdor en otra. Sin embargo por entonces ambas orillas estaban sometidas a las tiranías; eran, momentánea –y condenadamente– afines. Pero así de temprano se precisaba la existencia de planos complementarios. En su ensayo sobre Hudson ya Borges señaló la certera elección del Uruguay como escenario de La tierra purpúrea; desplazándolos hacia fuera de la Argentina, los hechos la aludían de un modo oblicuo y por eso mismo doblemente eficaz: está el plano real, en el que la historia ocurre en la Banda Oriental en la medida en que no sucede en la Argentina, y el plano virtual, la novela transcurre en Uruguay porque no puede suceder en la Argentina. Mucho después, Aira formalizó aún más la idea en su libro sobre Copi, refiriéndose a “El uruguayo” –cuando paradójicamente este relato representa el punto extremo de la operación a punto de desvanecerse–: el Uruguay es el locus metafórico por excelencia de la literatura argentina.


La literatura del país tiene larga experiencia de asignación de sentidos a espacios lejanos, y a espacios sin territorios también: Buenos Aires siempre tuvo a mano el desierto, luego el campo, más adelante el interior; los escritores extranjeros con duradera influencia tuvieron la misma Argentina; los argentinos, también Europa. Pero el Uruguay fue siempre la comarca ideal para señalar marcadamente lo distinto, lo que es parecido y por ello no puede ser igual, a lo sumo un poco equivalente. La Banda Oriental no solo ha sido objeto de operaciones literarias. En épocas de censura se escuchaba la radio uruguaya; antes, más allá de la hospitalidad para los disidentes de distintas fechas, fue pieza importante en la geopolítica gardeliana. Incluso Macedonio debió replicar haciendo honor al tópico: “Yo lo único que tengo de uruguayo es haber vivido toda la vida en Buenos Aires” contestó a la versión que lo hacía nacer en la otra orilla. Respuestas así no hacen más que rebajar la importancia de la nacionalidad y aumentar las reverberaciones del gentilicio. Es un gentilicio con el que los argentinos se sienten inclinados a coquetear, según la necesidad, en general para poner en práctica simulacros de identidad. Tanto es así, que a Uruguay los argentinos no viajan ni se trasladan; más bien se desplazan, predispuestos a algún tipo de consustanciación espiritual o, más sencillo, de descanso simbólico.


Pero sabemos lo que el Uruguay es, conocemos los contrastes entre Montevideo y Buenos Aires, diferenciamos los uruguayos de los argentinos, sin embargo ignoramos las causas de nuestra fascinación frente a ese pueblo. Una fascinación donde se mezcla el respeto hacia lo admirable y la debilidad ante la actualización de la nostalgia. El arquitecto Pancho Liernur supo decir lo que se siente en las plazas y calles de Montevideo: “la presencia del pasado y especialmente la pertenencia a una comunidad”; o sea, podemos arriesgar, el pasado urbano argentino ya desarticulado y la presencia de la comunidad uruguaya. Los argentinos no encontramos solo el pasado sin estridencia, sino también un presente que se contrasta con el de la otra orilla. Es conocida también la seducción que ha ejercido la Banda Oriental en amplios sectores medios y altos: un cambio de registro para la placidez veraniega, el refugio bancario y el juego de fin de semana. Los artistas, intelectuales y profesionales son en este caso cualquier cosa menos la excepción: el Uruguay es una arcadia en clave rioplatense, rincón hospitalario que se deja hurgar sin resistencia y teatro a escala real donde adoptar las ilusiones prestadas que recibe nuestra sensibilidad, ávida de que la bien asumida medianía sea por fin –y en especial de nuevo– protagonista.


El Uruguay esconde también un núcleo de existencia pedestre y de sabiduría social, frente al que la literatura, o sea la creación, no permanece impávida. Cuando se trata del Uruguay las narraciones argentinas adquieren otro aire y asumen una escala mayor, los hechos se desarrollan con más profundidad, prometen un final dilatado y, por sobre todo, los personajes logran un perfil subjetivo más complejo, acorde con una tipología no vigilada por la historia política o el enfrentamiento social. La lista de autores argentinos que han tenido la debilidad de aludir al Uruguay o los uruguayos es larga, antigua y actual. Debajo de los textos se intuye la Banda Oriental como un paraíso sociológico y un remanso cultural, el seductor experimento imaginario hacia una Argentina sin populismos. Quizá esta sea la incógnita uruguaya, un blasón no-peronista que cautiva con su brillo discreto, ajeno a nuestra frustración histórica.


Obviamente los hechos políticos actualizaron en la Argentina la lejana matriz de esta evolución. En tiempos de la “segunda tiranía” el refugio oriental recuperó buena parte del sentido que había descubierto durante la “primera”, o sea, no era tan solo el sitio donde esperar la caída o conspirar a favor de ella. Como dijera durante el sitio rosista Alejandro Dumas con entonación visionaria, “Montevideo no es solamente una ciudad, es un símbolo; no es solamente un pueblo, es una esperanza; es el símbolo del orden, es la esperanza de la civilización...”. Este diagnóstico tendría perdurable vigencia. En la segunda mitad de los años 1950, para quienes veían la caída del reciente peronismo como la restauración de una libertad usurpada, el Uruguay fue el sitio que tendía un puente eficaz con la vida previa aún no traumáticamente desviada por el impasse populista. Hay páginas de Silvina Bullrich y Estela Canto que así lo atestiguan. Una recordando, en su inocencia más tierna, un traicionero chapuzón en las aguas oceánicas de Punta del Este; otra detallando la inmutable personalidad de Montevideo pese a los cambios urbanos desde sus épocas de estudiantina.


Estas recuperaciones adoptan la forma de la memoria infantil o la historia familiar, asignándole al territorio uruguayo una importancia decisiva en la calidad de la experiencia, sobre todo por el hecho de convertirla en una sustancia perdurable –aunque perceptible siempre de manera sorpresiva– pese al avance del tiempo. Insospechable de ternura retrospectiva, Gombrowicz entendió rápidamente de qué se trataba Montevideo. Sus palabras sirven como prueba inversa; donde ve un defecto es probable que muchos intelectuales argentinos viesen una virtud. Cierto jueves de finales de 1960 escribe estando de viaje: “¿Quietud? ¡Inquietud! Me inquieta un poco la falta total de 'escalofrío metafísico' en la capital uruguaya, donde ningún perro ha mordido jamás a nadie”.


Pocos años después esta calma montevideana se vería afectada por unos delincuentes fugitivos de Buenos Aires, curiosamente en un libro aparecido a fines de los años 90. Paradójica como toda novela de delitos, en Plata quemada las virtudes uruguayas subrayan sus promesas y escamotean los peligros: en la misma tranquilidad montevideana que aplaca a los fugitivos y los lleva a vivir como en un idilio, se esconde el testigo que tiene lista su denuncia ante la primera anormalidad. Montevideo es la sordina adecuada para el final de un drama que ha comenzado en Buenos Aires. Resulta ilustrativo que en esta novela sin año (el tiempo entre escritura, en los años 60, y publicación es tan dilatado que ambas fechas se contradicen) Piglia se sirviera de Onetti para comenzar un círculo que cerraría con “Homenaje a Roberto Arlt”.


En realidad es el dibujo (más bien el fantasma) de la figura de Onetti quien le permite a la literatura argentina abandonar el peronismo –y junto con ello el obstáculo para la representación que significaba su fractura cultural– en tanto asunto a desentrañar. Y también es normal que esa tarea haya caído en manos de un uruguayo, el primer escritor que supo darle una continuidad más literaria que crítica a la obra de Roberto Arlt. Para los escritores argentinos, la literatura de Onetti se ha convertido en un icono de ideas y convenciones; si bien, como toda obra mayor, posee su núcleo inagotable de significaciones, diseña por adelantado muchos de los sentidos supuestamente ocultos que el Uruguay muestra a nuestros escritores. Y a la vez, ese universo fuertemente moral y esencialmente apolítico les ha permitido sortear algunas décadas y varios autores para recuperar a Arlt en clave paralela, sin máculas de experiencia populista. Es así como Onetti está unido a una visión argentina sobre el Uruguay que si bien no definió, y encontró dada, ayudó en cambio a tornar perdurable a través de la representación literaria.


El Uruguay es una deriva, el sueño preservado de la Argentina imposible. Pocos relatos lo muestran de manera más elocuente que El Dock. Aprendizaje del dolor, de la maternidad y de la adultez, las personas de esta novela se desplazan –también– al Uruguay con todo lo suyo, en busca de las condiciones más ventajosas para encontrar sus verdaderas órbitas, al igual que planetas solidarios y contrastantes. Para ello, el régimen devaluado del entorno resultará decisivo: la indolencia de los nativos es una idiosincrasia pero también una forma de provincianismo; a la vez, tienen una vida gregaria que se resuelve según un nacionalismo de comunidad barrial. El Uruguay está formado por partículas que nunca llegan a convertirse en masa.


Este mundo permeable a las comparaciones y lo suficientemente poroso como para llevar a la mimetización, o por lo menos al camuflaje, no solo contiene las claves del pasado que los personajes precisan develar, es también la contracara inofensiva de un país, la Argentina, donde el gesto primario de la política es sufrir o infligir la muerte como si se debiera obedecer algún mandato esotérico o religioso. La exquisita particularidad de las obras de Matilde Sánchez es que son viajes morales cuya condición de éxito reside en el aprendizaje. Hay una vigilancia afectiva, una presencia sentimental que se revierte sobre la narradora y así acompaña –y modera– lo que puede haber de fatal en las ideas. Hay un don trashumante que, como si obedeciera a un mandato flaubertiano, tan solo encuentra lo propio y determinante en el extranjero. ¿Pero qué es lo extranjero para un escritor? Es una creación. En esta fórmula tan simple quizá se esconda el intrincado secreto de Sánchez, de las pocas escrituras en Argentina que sigue poniendo en evidencia que la mueve una intencionalidad estética, y todos los sonares están dirigidos en esa dirección. Como en Hudson, también en El Dock se impone el regreso una vez alcanzado el equilibrio.


Contraplano ideológico de la versión de Borges, en 1957 Martínez Estrada señala que Hudson, con el alegato final de Richard Lamb desde el Cerro de Montevideo antes de su retorno a Buenos Aires, propone a la dirigencia argentina un americanismo exento de retórica, de demagogia y de supervaloraciones. No sorprende la creencia de Martínez Estrada en la fatalidad de la historia y en el carácter inevitable de las naciones, apta para comprobarse en profecías retrospectivas como esta. Pero es evidente que esta lectura de Martínez Estrada es el fantasma de verdad que, bajo la forma de pregunta, hipnotiza a la literatura argentina: ¿Y si Hudson hubiese tenido razón?, ¿si los orientales fueran en serio “los hidalgos de la naturaleza”? Utopía naturalista entonces, utopía republicana después. En todo caso la pregunta que se impone es cómo la literatura argentina hablaría de su propio país si el Uruguay no existiera, si hubiera pasado por el peronismo (o equivalentes) –o si no fuera lo que es.


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Publicado en Diario de Poesía N° 60, verano 2001/2002, p. 24.